¿No es verdad hermosa mía que estás respirando amor?

Don Juana a doña Inés.

Leyendo apuntes de mi ayer hurgué en las viejas páginas de mi diario personal,
encontré un texto salido de mi puño y corazón que me transportó décadas atrás,
a un lejano día cuya vivencia revolvió mi nostalgia.

El domingo 28 de octubre de 1984, hace treinta y siete años, decidí vagar por
calles de Xalapa, sentí a mi ciudad vacia y triste, la hora parda se había
adelantado eran las dos y parecían las seis, el frío y la suave niebla vespertina
otoñal causaban sutil melancolía, el viento helado penetraba hasta el tuétano y
el alma. Retando a la intemperie, salí a recorrer las calles solitarias sin rumbo
ni destino, aquella tarde helada inolvidable.

Conduje el automóvil encaminándome hacia un cercano pueblo serrano
colgado de las laderas de los cerros circundantes, cuyo nombre en náhuatl
significa ”lugar consagrado al sol” y para otros, “lugar de las cuatro
estaciones” enclavado en la en la zona centro montañosa de Chiconquiaco, a
1540 metros sobre el nivel del mar, rodeado de vegetación verde cual
esmeralda y lujuriosa como mulata refugiada en la montaña. Contemplar el
paisaje calmaba mi ermitaña soledad de aquel entonces.

En el trayecto vinieron a mi mente muchos recuerdos, heraldos de nostalgia.
Fue un breve viaje rodeado de naturaleza y paz, me hizo apreciar una vez más
las cosas bellas de la vida, gratuidad divina pocas veces apreciada.

El pueblo estaba cobijado por un cielo intensamente azul, “sin una nube en qué
posar los ojos”, despues de sortear inumerables hoyancos y trayectos polvosos
con grava suelta sin asfalto, vislumbré el caserio multicolor del pueblo, muchos
lugareños lo describen como el “pueblo arco iris”, lo encontré solitario.

Algunos visillos se levantaban subrepticios cuando mis pasos resonaban en
“los chinos” de las torcidas callejuelas “sin destino manifiesto” bordeadas por
casas de multicolor belleza, era una tarde fría de domingo en un pueblo de
montaña, óleo de una estampa del pasado.

Caminando sin rumbo, vislumbré el cementerio ubicado en el centro del
poblado, numerosas personas “chapeaban”, colocaban ramos de flores y daban
“retocada” de alegres colores a las tumbas, en la entrada lucian recien pintadas
y listas para los festejos, se preparaban para las “fiestas de muertos” y la
célebre “Cantada” por las calles en la noche del primero de noviembre,
tradición devota del pintoresco pueblo. Contemplando desde lejos esta imagen,
me acerqué a la entrada.

La vetusta reja carcomida por herrumbre centenario se entreabrió ante mi con
suave vaiven causado por el viento que corría, sentí calosfrio ante esa caravana

cortés de invisible bienvenida, no me arredré y entré. Caminé entre las heladas
tumbas solitarias, las primeras adornadas con flores y pintadas de colores
muestra de visita reciente de los deudos, hacia el fondo encontré varios
sepulcros muy antiguos, semiderruidos, sin evidencia de ser motivo de
recuerdo alguno, “¡Cuán solos quedan los muertos!”

Hasta atrás, protegidas por el muro guardián de su desamparo, descansaban
lápidas desgastadas con inscripciones ilegibles que apenas se dejaban ver a
través de la alfombra de musgo oportunista. Diversos epitafios, con leyendas
semejantes entre sí, ensalzaban las bondades terrenales del finado.

Una llamó mi atención, ubicada en el fondo de aquel osario semi sumergida en
una esquina obscura y húmeda, una vieja loseta mohosa semi devorada por la
tierra pantanosa, imagen evocadora de lo arcaico fechada en 1897, el tiempo
había borrado la identidad de quien descansa en ese aposento eterno.
Debió ser una mujer quien inspiró algo así en un ser amado, siento que un
hombre enamorado fue el autor de este pensamiento en la piedra centenaria.

En siete palabras describe la bondad de quien ahí yace y el respetuoso amor de
quien la sepultó. La leyenda de la misteriosa lápida es un un sentido homenaje,
“ Siempre sembraste amor, jamás dejaste de darlo”

Casi una centuria había transcurrido, la tumba ha guardado esas palabras
perpetuando la dulzura de un ser que hace muchos años vivió en ese bucólico
poblado y de quien la amó, aunque hoy nadie sepa quién mora en ese rincón
del camposanto ni quien ofreció ese corto poema de amor trascendente a través
de tantos años.Volveré a buscar esa tumba, si aun existe tendrá 124 años,
espero volver a verla.

Obscuridad y niebla empezarían a envolver el paisaje, emprendí el regreso
disfrutando de la “luna nueva” de octubre, con su séquito de estrellas haciendo
más bella la noche que ya ocultaba al azul del cielo.

Llegué a Xalapa, la lluvia fina tupida penetraba sin permiso hasta los huesos
invitando a arrebujarse en el confort del tibio hogar. Pasé una tarde inolvidable
entre los muertos en ese clásico pueblo montañés, Naolinco, un lugar que
debería ser “Pueblo mágico”, e inexplicablemente no lo es.

La vida brinda belleza, que somos incapaces de percibir por estar mascullando
la tristeza, buscar lo bello da oportunidad de encontrarlo, me confortó volver a
vivir aquel lejano día que me brindó un mensaje de amor y vida en un lugar en
el que creemos no existen, el cementerio.
hsilva_mendoza@hotmail.com

 

 

 

 

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