10 octubre 2026.- En julio de 1990, en un hotel de São Paulo, Lula da Silva y Fidel Castro reunieron a decenas de partidos de izquierda de América Latina. El Muro de Berlín había caído meses antes. La idea de Lula era sencilla. Convencer a la izquierda latinoamericana de que el camino al poder pasaba por las urnas, no por las armas. Disputar elecciones. Respetar resultados.

Treinta y seis años después, lo que nació como un espacio para defender la democracia se convirtió en algo distinto. El XXVI encuentro, celebrado en Brasilia en 2023, terminó sin una sola condena a las dictaduras de Nicaragua, Cuba o Venezuela. La declaración final celebró “la firmeza y avances” de esos tres gobiernos. Mientras tanto, más de 1.400 presos políticos seguían encerrados en los tres países. Un año después, en Tegucigalpa, el XXVII encuentro repitió el guion. Mismo silencio sobre las cárceles, los exiliados, la censura. El patrón ya no es una omisión. Es una política.

El problema del Foro no es ideológico. Defender derechos sociales, redistribución de la riqueza o soberanía frente al intervencionismo son posiciones legítimas. El problema es la selectividad moral. Condenar la represión cuando viene de la derecha y callarla cuando viene de los propios. Exigir democracia para ganar elecciones y tolerarla cuando uno de los suyos la destruye desde adentro.

Hoy el costo de esa doble vara es visible. Colombia, Bolivia y Perú giraron a la derecha. Partidos que fueron miembros activos abandonaron la organización por su negativa a condenar a Maduro y a Ortega. Cuba atraviesa una agonía económica sin precedentes. En Brasil, Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta presidencial el pasado 5 de octubre. Si Lula pierde la segunda vuelta el 25 de este mes, el Foro se queda sin su fundador en el poder.

Y en ese escenario está México. Morena se incorporó al Foro en 2015. Desde entonces ha asistido a los encuentros, firmado declaraciones y organizado reuniones del Grupo de Trabajo. Pero no hay una sola iniciativa de política exterior, un mecanismo de cooperación o un acuerdo concreto que México haya impulsado desde esa plataforma. La membresía ha sido declarativa. Firmar comunicados y volver a casa.

Lo que México sí ha recibido es el costo político de pertenecer al club. En julio de 2026, Daniel Ortega anunció que Nicaragua no volverá a celebrar elecciones. Sheinbaum respondió invocando “la autodeterminación de los pueblos”. No condenó. No cuestionó. Semanas después se filtró una carta del embajador mexicano en Managua que enviaba una “calurosa felicitación” a Ortega y Rosario Murillo. Sheinbaum tuvo la oportunidad de desmarcarse. No lo hizo. El 2 de octubre, la OEA aprobó por unanimidad una resolución que urge a Ortega a revocar las reformas que eliminan los comicios. México no acompañó la resolución. Con Venezuela ocurrió algo parecido. Sheinbaum arrancó prometiendo “imparcialidad” ante la crisis poselectoral, pero en diciembre de 2024 envió representación a la toma de posesión de Maduro.

El Foro de São Paulo no fue derrotado por sus adversarios. Se vació desde adentro. Confundió solidaridad con encubrimiento. Y México se va quedando en un espacio que nunca le aportó nada, pagando facturas de legitimidad por regímenes que encierran opositores, censuran prensa y ahora eliminan elecciones. Todo en nombre de un principio que Lula enunció en 1990 y que el propio Foro se encargó de sepultar. Disputar el poder por la vía democrática.

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