Por Alan Sayago Ramírez.

05 de junio 2026, Xalapa, Ver.- México está a días de inaugurar la Copa Mundial de la FIFA 2026. En la televisión y en los anuncios oficiales todo luce en orden: estadios terminados, turistas que empiezan a llegar, campañas que destacan la hospitalidad mexicana y funcionarios públicos mostrando optimismo. La imagen que se vende es la de un país preparado y entusiasta.
Sin embargo, basta con asomarse a la calle para encontrar otra realidad. Los maestros protestando, Colectivos de madres buscadoras aprovechan cualquier reflector para recordar que sus familiares desaparecidos siguen sin aparecer, crisis prolongada en el sector salud por la falta de medicamentos, los baches en calles y avenidas, las fallas y fugas en el suministro de agua potable. En algunas zonas, los precios de las rentas han aumentado cerca de las sedes mundialistas, y la seguridad con por el aumento de la delincuencia, incluyendo robos, extorsiones, secuestros y fraudes.

Esta contradicción entre lo que se promete y lo que se vive no es nueva. Hace años, los investigadores Simon Kuper y Stefan Szymanski lo explicaron en su libro Soccernomics, una de las obras más serias sobre fútbol y economía. Su tesis es sencilla pero importante: los Mundiales generan enormes beneficios emocionales, pero los beneficios económicos suelen ser mucho menores de lo que prometen los gobiernos que organizan estos eventos. Dicho de manera coloquial: el Mundial nos hace felices, pero no necesariamente nos hace más ricos como país. Y en México, como en muchas naciones, solemos mezclar una cosa con la otra. Cada vez que llega un megaproyecto, escuchamos discursos sobre “progreso” y “legado”, pero con el tiempo la realidad muestra resultados más modestos.

Lo que en el libro Soccernomics analiza que por décadas de Copas del Mundo es que los gobiernos suelen vender estos torneos como inversiones extraordinarias. Hablan de turismo masivo, crecimiento económico acelerado y soluciones a problemas estructurales. Pero cuando los investigadores revisan las cifras después de la fiesta, la historia cambia: muchos estadios se convierten en elefantes blancos, los empleos temporales desaparecen y las ganancias se concentran en unos pocos sectores, mientras los costos los pagan todos los contribuyentes. Por eso las protestas actuales son importantes. Los maestros y las organizaciones civiles no están en contra del fútbol ni de la Selección Mexicana. Lo que están señalando es un problema de prioridades. Mientras unos celebran las inversiones mundialistas, otros observan hospitales con carencias, escuelas con mala infraestructura, calles con baches y regiones donde la seguridad sigue siendo una promesa pendiente.

Sin embargo, sería injusto decir que los Mundiales no dejan nada positivo. Una de las conclusiones más sorprendentes del libro es que estos torneos sí producen algo de gran valor, aunque no aparezca en las cuentas bancarias: bienestar emocional y sentido de comunidad. Por ejemplo, los autores encontraron que, en varios países, las tasas de suicidio disminuyen durante los Mundiales. La explicación es que el fútbol genera vínculos sociales, reúne a familias y amigos, y hace que millones de personas se sientan parte de algo más grande Eso no es poca cosa. En una época donde el aislamiento y la ansiedad son problemas comunes, un torneo que nos invita a compartir y a celebrar juntos tiene un valor real. El problema aparece cuando los gobiernos intentan usar ese beneficio emocional como sustituto de políticas públicas efectivas. Ningún gol va a encontrar a una persona desaparecida, ninguna ceremonia inaugural va a reducir la desigualdad por sí sola, y ningún trofeo va a arreglar la seguridad de un país.

Precisamente ahí está una de las ironías del Mundial 2026. Mientras la narrativa oficial habla de fiesta, las autoridades han desplegado más de cien mil elementos de las Fuerzas Armadas y la Guardia Nacional para proteger sedes, aeropuertos y corredores turísticos. Es decir, para que todo parezca tranquilo, se ha necesitado una movilización impresionante de personal armado. Esto no significa que el torneo vaya a salir mal probablemente será exitoso, pero sí revela problemas estructurales que no desaparecen por la llegada de la FIFA. Los reflectores internacionales funcionan como espejos. Por eso los colectivos de búsqueda han decidido acercarse a los estadios: saben que durante unas semanas el mundo tendrá los ojos puestos en México. No buscan arruinar la fiesta, sino recordar que existe otra realidad detrás de ella. El Mundial no está creando estas tensiones sociales, simplemente las está amplificando, como una lupa.

Y tal vez esa sea la enseñanza más importante de Soccernomics. Los Mundiales son eventos profundamente emocionales. Los gobiernos los venden como proyectos económicos. Los ciudadanos los viven como experiencias sociales. Y los problemas estructurales sobreviven a todos ellos. Dentro de unos meses, cuando termine el torneo, los estadios seguirán ahí, los funcionarios presumirán cifras, pero también seguirán las preguntas: ¿valió la pena el gasto?, ¿quiénes se beneficiaron más?, ¿qué obras realmente mejoraron la vida cotidiana?

Es probable que México organice un Mundial exitoso. Es probable que millones de personas lo disfruten y que el país muestre su mejor rostro. Pero también sería un error pensar que el fútbol puede sustituir décadas de políticas públicas. El deporte puede generar felicidad, identidad, orgullo y esperanza, pero no debería usarse para ocultar lo que aún no hemos resuelto. Al final, el verdadero valor del fútbol no está en las ganancias prometidas ni en los discursos oficiales. Está en las personas: en el padre que abraza a su hijo después de un gol, en los amigos que se reúnen, en la familia que olvida sus diferencias por unos minutos. Eso es real, está demostrado y vale mucho. El problema comienza cuando confundimos la emoción de una fiesta con la solución de los problemas profundos de un país. Porque los Mundiales duran un mes. Las fotografías oficiales duran algunos años. Los discursos políticos duran hasta la siguiente elección. Pero las deudas, las desigualdades, la inseguridad y las ausencias suelen quedarse más tiempo. Y cuando el último aficionado regrese a casa, cuando se apaguen las cámaras y los estadios vuelvan a la rutina, México seguirá enfrentando la misma pregunta: ¿organizamos un Mundial o aprovechamos el Mundial para construir un mejor país?

Ahora solo queda disfrutar el torneo. El balón rodará, los problemas seguirán ahí, pero lo que no puede acabarse es la esperanza de tener un país más justo. Y si somos capaces de soñar con que México levante la copa, también deberíamos ser capaces de soñar con un futuro donde las madres encuentren a sus hijos, los maestros tengan escuelas dignas y la seguridad sea una realidad para todos. Ese es el mejor gol que todavía podemos meter.

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