Por Maurico Lazcurain

El 22 de septiembre, al margen de la Asamblea General de Naciones Unidas, Donald Trump firmó un acuerdo de seguridad con Dinamarca y Groenlandia. El documento dice que respeta la soberanía danesa. Dice que reconoce el derecho de autodeterminación del pueblo groenlandés. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, lo celebró como un punto de inflexión diplomático. El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, dijo estar satisfecho.

Tres semanas después, el 14 de octubre, Trump escribió en Truth Social que “una exploración masiva de petróleo, gas y minerales está a punto de comenzar en nuestra nueva y hermosa Groenlandia”. Añadió que las reservas de petróleo accesibles superan las de casi cualquier otro territorio del mundo. Y remató con una advertencia militar. Cualquier ataque futuro contra Estados Unidos tendría que pasar por Groenlandia.

Hay un problema. El acuerdo firmado en septiembre no menciona petróleo. No menciona gas. Habla de “cooperación en materia de minerales” y de “cooperación en el desarrollo económico”, sin dar detalles. No otorga derechos de extracción. La legislación groenlandesa exige permisos específicos para cualquier proyecto de explotación de recursos naturales. Nada de eso se ha tramitado.

Pero Trump habla como si Groenlandia ya fuera suya. Y esa distancia entre lo que dice el papel y lo que dice el presidente es exactamente el punto. El acuerdo establece que ningún país ajeno a la OTAN podrá instalar bases, mantener presencia militar ni hacer inversiones “sensibles” en Groenlandia sin aprobación escrita de Washington. Es decir, Groenlandia sigue siendo danesa, pero la llave la tiene Estados Unidos.

Desde enero de 2025, Trump amenazó varias veces con tomar el control de la isla. En Davos habló de soberanía estadounidense sobre el suelo de las bases militares, un modelo parecido al de las bases británicas en Chipre. Dinamarca respondió siempre lo mismo. Groenlandia no está en venta. Pero cada ronda de presión terminó con una concesión. Primero fueron las conversaciones técnicas. Después el acuerdo de seguridad. Ahora el anuncio de exploración de recursos. La soberanía sigue intacta en el texto. En la práctica se va vaciando.

Lo que ocurre con Groenlandia no es una anécdota ártica. Es un patrón. El mismo que se repite con los aranceles, con la inteligencia artificial, con las cadenas de suministro de semiconductores. Las potencias del siglo XXI no necesitan invadir territorios. Les basta con controlar lo que hay dentro de ellos. Recursos naturales, infraestructura tecnológica, rutas comerciales. La soberanía formal queda intacta. El control efectivo cambia de manos.

Dinamarca celebró haber preservado su soberanía. Groenlandia dijo que el acuerdo respeta su autodeterminación. Puede ser. Pero cuando otro país decide qué se explota debajo de tu suelo, quién puede invertir en tu territorio y quién no, y anuncia todo esto en una red social sin consultarte, la soberanía ya no es tuya. Es una cortesía que alguien más te concede mientras le convenga.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *