Por Pedro Chavarría
—¡Solo cuesta un peso! ¡Ándale! ¡Cómprame uno!
Por esas épocas tendría yo cinco o seis años. Por las calles de mi barrio pasó en auto; lo recuerdo muy bien. Negro, de cuatro puertas, con forma de huevo —así eran todavía—. Pasaba lentamente y con un megáfono sobre el toldo, anunciaba su mercancía. En el asiento trasero había dos grandes cajas, de poca altura, con numerosos pollitos recién salidos del cascarón, todos amarillitos, como la canción que cantaban mis netos: “El pollito amarillito”, con la cual aprendieron a simular con sus manos un pollito que pica en busca de alimento.
No sé cómo, pero convencí a mi madre de invertir esa cantidad en un pollito: mi primera mascota. Era apenas una bolita amarilla, con patas muy cortitas, muy escandaloso, incapaz de desplegar sus pequeñas alas. Me advirtió mi madre que yo tendría que cuidarlo, para que no se saliera a la calle, o lo atrapara un gato, además de ponerle comida y agua, así como, recoger sus excrementos, que seguramente dejaría por todos lados. No sería un pollo de esos que viven solitarios en el patio. A todo accedí, gustoso.
Cuando mi padre llegó del trabajo, dijo que no lo hubiéramos comprado, porque no duran, que seguramente se iba a morir sin una mamá que lo cuidara y calentara. Eso me entristeció, pero me propuse cuidarlo y mantenerlo caliente en una caja cerrada y con trapos a manera de lecho-nido. Contra los pronósticos de mi padre, el pollo no se murió. Lo mantuve caliente, le procuré alimento y lo cuidé para que ningún gato hiciera presa de él.
El pollo andaba libremente por toda la casa y yo, detrás de él, para que no se metiera en problemas. Me aterraba una historia que contó mi abuela paterna en una ocasión que había venido de visita. Contó el trágico destino de un pollo como el que yo tenía. Este pobre infeliz se metió a la casa y fue aplastado por la pata de una mecedora. Terrorífico evento para un chiquillo de mi edad. Y justamente, en casa teníamos una mecedora, de modo que yo siempre tenía cuidado de no soltarlo si alguien se sentaba ese mueble. Yo mismo dejé de usarlo, aunque antes disfrutaba mucho mecerme ahí.
El pollito, ni se desnutrió, ni murió en garras de un gato, ni murió aplastado. Era un poco engorroso andar recogiendo su excremento, medio aguado, pues, como es sabido, los pájaros, incluidos los pollos, orinan y obran por un solo conducto: la cloaca, así que no era tarea tan fácil para mí. El desagrado lo sobrellevaba por la compañía y juegos que con el pollo tenía. Lo vi crecer. Dejó de ser una bolita, le crecieron las patas y se volvió más rápido; a veces aleteaba, pero nunca voló.
Tendemos a creer que los pollos son tontos, pero, como habré de platicarles, ese no era el caso con mi pollo. No me pregunten el nombre, porque nunca le puse uno. No se me ocurrió asignarle alguno. Como les decía, mi pollo no solo no era tonto, sino que, más bien, era muy listo. Acuérdense que aprenden que cuando se abre la puerta del gallinero, saben que habrá comida, aunque a veces se equivocan y los convierten en comida. Yo no sabía nada de eso. Nunca asocié a mi pollo con lo que me servían en el plato y que me gustaba mucho.
Nunca he vuelto a comer un plato de caldo de pollo con verduras, papas y arroz blanco, como en aquella época: Nada como un buen caldo de pollo, con una piernita. La pechuga nunca me gustó, hasta la fecha. Desde luego que el pollito del plato nunca se me ocurrió que pudiera ser mi primera mascota, así que yo comía con mucho gusto mi caldo de pollo con verduras; en especial, disfrutaba la papa cocida.
El pollo innominado dio muestras de gran inteligencia. Mi padre, al estilo de Lorenzo Parachoques ¿lo recuerdan, aquel de los comics, de Lorenzo y Pepita?-, se sentaba a ver la televisión en el sofá de la sala. En esas épocas, las televisiones eran en blanco y negro, empotradas en un mueble con patas. En mi calle solo había tres y una era la nuestra; la más grande, por cierto, aunque no éramos ricos.
Al ver la televisión a mi padre le entraba el sueño. Siempre tenía déficit de sueño, porque trabajaba como maquinista de camino, es decir, manejaba trenes y a veces le tocaba viaje de toda la noche, por lo que siempre llegaba con sueño. Ante tal circunstancia, se acostaba en el sofá y se quedaba dormido a cualquier hora. A diferencia del famoso Lorenzo Parachoques, dormía boca arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Pues el pollo aprendió a reconocer ese momento, iba y venía a lo largo del sofá, piando incesantemente hasta que mi padre bajaba una pierna y el pollo, de inmediato, la usaba como rampa, trepaba con gran agilidad, se instalaba en el abdomen de mi padre, algo prominente, y ahí se quedaba dormido. Subía y bajaba con la respiración. Terminada la siesta, volvía a las actividades cotidianas que todo pollo que se respete debe observar. Nunca tuvo una conducta inapropiada mientras estaba sobre mi padre. El pollo sabía cuándo era hora de la siesta.
Entre las actividades favoritas de los pollos, a las que dedican gran parte de su tiempo, está cazar bichos; entre lombrices e insectos. Como nuestro patio era mayormente de piedra, las áreas de tierra donde podía rascar eran pocas, así que examinaba todos los rincones de la casa y del pasillo exterior en busca de insectos. Tenía gran apetencia por las palomillas, esas mariposas café grisáceo, y, para consternación de mi madre, por las cucarachas: en cuanto veía una, la pescaba con gran rapidez y la engullía con deleite. ¡Gustos y costumbres de pollo!
En esa época no había celulares y las cámaras capaces de grabar video eran cosa de ciencia ficción. Las únicas cámaras capaces de grabar movimiento eran los monstruosos aparatos de cine y televisión, por lo que no tengo pruebas que ofrecer y tendrán que conformarse con mis recuerdos. Yo tenía, ya desde entonces, una cámara videograbadora, conectada entre mis ojos y el cerebro. Todavía puedo ver películas de aquella época, ¡a todo color!
El dichoso pollo creció rápido y se paseaba por todos lados, hasta que se me ocurrió una idea muy mala, lo que seguramente terminó con su vida. En realidad, no me acuerdo de cómo desapareció de mi vida mi primer compañero mascota; quizá lo he olvidado deliberadamente, para no sufrir por lo ocurrido. Así como yo me bañaba, se me ocurrió que el pollo debía bañarse también. En ausencia de mi madre, cogí un lebrillo… Creo que ahora ya no se usa esa palabra. Imaginen ustedes una tina redonda, baja, de acero galvanizado, de unos 10 centímetros de altura y 40cm de diámetro, con dos argollas.
Llené el lebrillo con agua fría, metí al pollo y lo mojé completamente con un bote. Quedó mojadísimo. Cuando llegó mi madre y me encontró en semejante ocupación, me regañó, me dijo que los pollos no se bañan con agua, que ellos solos lo hacen con tierra, lo cual me pareció muy poco creíble. ¿Bañarse con tierra! Secó al pollo como pudo y lo envolvió para calentarlo. Todavía recuerdo sus plumas mojadas, pegadas por el agua. Otra película más que puedo ver con mi videoreproductor cerebral.
A partir de entonces creo recordar vagamente que al pollo le dio catarro y dejé de verlo. Ya no recuerdo qué me dijeron, pero lo que haya sido, no representó un trauma para mí. Insensatamente, vivo tranquilo, sin la carga emocional de haber precipitado la muerte de mi primera mascota, aunque, dicho sea en mi descargo, fue con buenas intenciones y en la ignorancia infantil de que los pollos no deben mojarse.
Pasarían muchos años antes de que tuviera otra mascota.
