Por Carlos Gabriel Chávez Reyes

Xalapa, Ver.- Hubo una metáfora que Carlos Fuentes propuso en una entrevista y me gustó bastante, parafraseando grosso modo y tal vez tergiversando su propia idea, la vida es como aquel café caliente que te puede quemar, pero la literatura (y yo agregaría además a las ciencias sociales) son esa taza que con su oreja funciona para sostener e ingerir con precaución la vehemencia de la realidad social.

El sociólogo estadounidense C. Wright Mills, al explicar su famoso concepto de la “imaginación sociológica”, utilizaba precisamente una taza de café para ilustrar cómo un acto aparentemente íntimo y cotidiano está conectado con la historia mundial. Mills nos invitaba a entender que beber café no es solo ingerir una dosis de cafeína; es participar en un ritual social. Nos sentamos “a tomar un café” para conversar, para cerrar un trato o para acompañar la soledad. Pero, además, al dar un sorbo, estamos conectándonos con el campesino que lo cosechó, con las rutas comerciales globales y con el sistema económico que permite que esa semilla viaje desde una montaña lejana hasta nuestra mesa.

En nuestro contexto, la historia de esta semilla tiene matices profundos. Es importante recordar que el café no es una planta originaria de América; en la época prehispánica, ese trono estimulante y sagrado le pertenecía exclusivamente al cacao. Sin embargo, cuando el grano de café llegó a nuestras tierras entre los siglos XVIII y XIX, encontró su verdadero hogar. Las montañas de Veracruz, Oaxaca y Chiapas lo acogieron, pero fueron las manos indígenas y campesinas las que lo adoptaron y lo cultivaron, tejiendo una nueva “identidad”. El café sustituyó al cacao en el día a día y se convirtió en una tradición profundamente mestiza, cultivada por los herederos de aquellas culturas originarias.

Hoy en día, el café ha adquirido un significado aún más terrenal y vital: es el combustible indiscutible de la clase trabajadora. Más allá de las cafeterías de especialidad o los locales gentrificados que venden tazas a precios exorbitantes, el verdadero espíritu del café reside en la madrugada. Reside en el frasco de café soluble que se prepara a prisa a las cinco de la mañana antes de tomar el transporte público; en el café de olla humeante que acompaña un pan dulce en los mercados; en el termo del obrero en la construcción y en la taza despostillada de la oficina.

Para la clase trabajadora, el café no es un lujo, es una herramienta de supervivencia. Es el empujón simbólico y emocional necesario para enfrentar jornadas extenuantes, salarios precarios y rutinas agotadoras. Es el pequeño momento de pausa, el breve suspiro antes de que la maquinaria del sistema vuelva a exigir su esfuerzo. Por eso valdría la pena siempre ejercitar esa imaginación sociológica que proponía Mills a partir de la próxima vez que te lleves la taza con café a la boca. No sólo porque cada primero de octubre el mundo celebre el Día Internacional del Café, sino porque para muchos, la fecha no pasa de ser un pretexto para consumir su bebida favorita o aprovechar alguna promoción comercial. Sin embargo, detrás de ese líquido oscuro y humeante que nos despierta cada mañana, se esconde una red de relaciones sociales, históricas y económicas fascinantes.

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