03 de noviembre 2026, Xalapa, Ver.- En enero de este año, en Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, dijo una frase que se repitió durante semanas en los foros de política exterior. “Las potencias medias deben actuar juntas, porque si no estás en la mesa, estás en el menú”. Fue la primera vez que el líder de un aliado cercano de Estados Unidos se plantó públicamente frente a la lógica unilateral de Trump. Y no lo hizo pidiendo permiso. Lo hizo proponiendo una alternativa.

La idea no era nueva, pero el momento sí. Desde que Trump regresó a la Casa Blanca, el sistema internacional se volvió más transaccional. Aranceles como instrumento de presión. Acuerdos bilaterales que sustituyen a los multilaterales. Amenazas abiertas contra socios comerciales. La Unión Europea, Japón, Brasil, India y los Emiratos Árabes recibieron el mismo trato. No importa si eres aliado o adversario. Si tienes algo que Washington quiere, vas a negociar en sus términos.

Frente a eso, las potencias medias empezaron a moverse. No como bloque, porque no lo son, sino como red. India y Japón reforzaron cadenas de suministro en el Indo-Pacífico. Brasil capitalizó su posición como exportador agrícola y su liderazgo en energías limpias dentro de Mercosur. Los Emiratos Árabes se posicionaron como nodo de conectividad entre Asia, África y Europa. Y en septiembre, la Conferencia de Seguridad de Múnich publicó un informe dedicado exclusivamente al tema. La conclusión fue clara. Las potencias medias no pueden cambiar el sistema internacional por sí solas, pero pueden reducir la incertidumbre manteniendo canales de comunicación abiertos entre regiones.

México pertenece a este grupo. Es miembro de MIKTA junto con Indonesia, Corea del Sur, Turquía y Australia, una asociación de potencias medias del G20 creada en 2013. Australia asumió la presidencia en 2026 con una agenda centrada en resiliencia climática y estabilidad en cadenas de suministro. Pero MIKTA no negocia acuerdos vinculantes. No tiene estructura permanente. No produce resultados tangibles. Es diplomacia de bajo perfil en un momento que exige acción de alto impacto.

El problema de fondo lo planteó el Carnegie Endowment en junio. Las potencias medias que quieran defender el multilateralismo van a tener que lidiar con un Estados Unidos hostil a las normas internacionales y con una China que esquiva responsabilidades globales. No es un espacio cómodo. Y las coaliciones de potencias medias que se están formando tienen un sesgo occidental que limita su legitimidad en el Sur Global.

Carney tenía razón. Si no estás en la mesa, estás en el menú. Pero sentarse en la mesa no basta. Hay que llegar con algo que ofrecer, con una estrategia y con la voluntad de sostenerla más allá de la próxima elección. Hasta ahora, las potencias medias han entendido el diagnóstico. Lo que falta es la acción.