Por Mauricio Lascurain

Xalapa, Ver.- Hace unos años, comprar un celular o un coche parecía solo un asunto de precio y gusto. Hoy, detrás de cada aparato, hay una pelea entre Estados Unidos y China que ya cambió la
forma en que el mundo produce. Y en medio de esa pelea estamos nosotros. La disputa gira alrededor de los chips y la inteligencia artificial. Estados Unidos decidió cerrarle a China el paso a la tecnología más avanzada. Bloqueó ventas, aplicó sanciones y empezó a exigirle a sus socios que elijan bando. China respondió a su manera. Controla buena parte de los minerales que todos necesitamos y trabaja en levantar su propia industria. El resultado es un mundo partido en dos, donde cada país tiene que decidir con quién se sienta a la mesa.

América Latina quedó atrapada en esa decisión. Washington nos ve como su patio trasero y presiona para que cortemos lazos con Pekín. Pero China nos compra materias primas, presta dinero y vende barato. Decirle que no a uno para quedar bien con el otro nunca sale gratis. A eso, con nombre elegante, le dicen autonomía estratégica. En el fondo es algo simple, poder decidir sin que nadie nos empuje. México juega su propia partida. Ya somos el principal socio comercial de Estados Unidos y en 2025 recibimos una cifra récord de inversión extranjera. Las fábricas que antes estaban en Asia se están mudando cerca de la frontera. Suena bien, y en parte lo es. Da empleo y nos pone en el mapa industrial.

El problema está en la letra chica. Buena parte de lo que armamos aquí llega desde China. Cerca de la quinta parte de lo que importamos viene de allá, sobre todo piezas eléctricas y autopartes. Estados Unidos lo sabe, y por eso, en la revisión del tratado que arrancó el primero de julio, pide reglas más estrictas para dejar fuera el contenido chino. Al mismo tiempo, nuestro gobierno propone impuestos altos a productos de países con los que no tenemos acuerdo. Estamos apretados por los dos lados. Aquí conviene pensar con calma. Las fábricas no llegan solas. Necesitan luz que no se corte, agua, carreteras y gente preparada. Ya hay quien advierte que en unos años tendremos robots parados no por falta de luz, sino por falta de gente que sepa programarlos.

Si atraemos inversión pero no arreglamos eso, la ola pasa y nos deja poco. La oportunidad es real, pero tiene fecha de caducidad. No creo que la salida sea escoger bando con los ojos cerrados. Ni pegarnos a Washington sin chistar ni fingir que podemos ignorarlo. Lo que nos conviene es negociar como quien sabe que trae algo bueno bajo el brazo, porque lo tenemos. Cercanía, mano de obra y la puerta al mercado más grande del planeta. El pleito por los chips no es nuestro, pero nos va a alcanzar igual. La pregunta no es si entramos. Es si lo hacemos con condiciones propias o si dejamos que otros las escriban por nosotros.

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