Por Mauricio Lascurain Fernández

31 de agosto 2026, Xalapa, Ver.- El 22 de agosto Washington impuso aranceles de 50% a unos 20 mil millones de dólares en productos canadienses: vino, muebles, lácteos, cemento, ropa, hasta equipo de hockey. Dos días después, Trump anunció que el 1 de enero de 2027 gravará con la misma tasa los autos, las autopartes y el acero de Canadá. Ottawa respondió el 25 de agosto con tarifas de entre 15% y 50% a más de 700 productos estadounidenses, vigentes desde el 8 de septiembre.

Parece un pleito ajeno. No lo es.

El dato que debería inquietarnos está en la letra chica: esos aranceles alcanzan mercancías canadienses que sí cumplen con las reglas de origen del T-MEC. El trato preferente que costó años negociar no impidió el cobro. Y Washington lo hizo invocando la Sección 338 de la Ley Arancelaria de 1930, una norma escrita cuando el proteccionismo era la regla y no la excepción. Noventa y seis años después, alguien la desempolvó.

¿Por qué importa esto de este lado de la frontera? Porque México coloca más del 80% de sus exportaciones en el mercado estadounidense y porque la revisión del tratado dejó de ser trilateral en los hechos. Desde julio, nuestro gobierno negocia por su cuenta con Estados Unidos mientras Canadá tropieza en su propia mesa. Lo acordado el 1 de julio mantiene el T-MEC vigente hasta 2036 con revisiones cada año, y ahí aparece el escenario incómodo: conservar el tratado como cascarón mientras la sustancia migra a entendimientos bilaterales que se renuevan cada doce meses. Vivo en el papel, vaciado en la práctica.

Negociar solos frente a la primera economía del mundo, sin el contrapeso canadiense, cambia la aritmética de la mesa.

La presidenta Sheinbaum sostiene que el desencuentro entre nuestros socios no afectará a la economía mexicana y descarta que México reciba un trato parecido. Ojalá tenga razón. Aun así, conviene distinguir entre un respiro y una estrategia. Moody’s calcula que México conservará su acceso preferente, pero Fitch advierte que la disrupción automotriz difícilmente se quedará del otro lado. Las plantas de autopartes del norte del país trabajan dentro de cadenas que cruzan la frontera varias veces antes de que exista un vehículo terminado. Cuando encarece un eslabón, el costo viaja.

Hay algo más de fondo. Trump invitó a las armadoras canadienses a mudarse a territorio estadounidense con la promesa de cero aranceles. Esa oferta también está sobre la mesa para las empresas instaladas en México, aunque nadie la haya formulado todavía en voz alta. El arancel dejó de ser un instrumento de política comercial. Hoy funciona como herramienta de relocalización industrial y, sobre todo, como recurso electoral: faltan menos de dos meses y medio para las elecciones intermedias en Estados Unidos.

Conviene recordar de dónde viene todo esto. El malestar con la globalización, alimentado por una distribución de la riqueza cada vez más desigual y por el desgaste de la democracia representativa, abrió la puerta a liderazgos que prometen recobrar una soberanía supuestamente perdida. El arancel es el símbolo perfecto de esa promesa. Se ve, se cobra rápido y se explica en un mitin sin necesidad de gráficas. Que después lo pague el consumidor estadounidense en el supermercado es un detalle que no cabe en la consigna.

¿Qué toca hacer? Dejar de leer cada amenaza como un episodio suelto, para empezar. México lleva treinta años hablando de diversificar mercados y fortalecer el mercado interno, y treinta años posponiéndolo. La inversión viene débil desde 2024 y el crecimiento promedio ronda el 1%. Eso no se arregla en una ronda de negociación.

La lección de agosto no es que Canadá perdió. Es que un tratado firmado no basta cuando del otro lado alguien decidió que las reglas se renegocian cada mañana.

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