Por Mauricio Lascurain
05 de octubre 2026, Xalapa, Ver.-El pasado 22 de septiembre, en la tribuna de Naciones Unidas, Emmanuel Macron usó una palabra que normalmente se reserva para los libros de historia medieval. Vasallos. El presidente francés pidió a los países que no quieran depender de Estados Unidos o de China que se unan para desarrollar un modelo de inteligencia artificial de código abierto. La alternativa, dijo, es el vasallaje tecnológico.
Macron no exageraba. Hoy la inteligencia artificial se desarrolla en un puñado de laboratorios privados, concentrados en dos países. OpenAI, Anthropic y Google operan desde Estados Unidos. Baidu y DeepSeek lo hacen desde China. El resto del mundo, Europa incluida, consume lo que esos laboratorios producen, bajo las condiciones que ellos fijan.
Lo llamativo de la Asamblea General número 81 no fue que la inteligencia artificial apareciera en los discursos. Eso ya pasaba el año anterior. Lo llamativo fue la fractura. Más de veinte países pidieron medidas de seguridad vinculantes. António Guterres, secretario general de la ONU, abrió la semana con una frase que no dejaba lugar a la ambigüedad. Hay que gobernar la inteligencia artificial antes de que ella nos gobierne a nosotros. Los propios directivos de las empresas que fabrican estos sistemas se sentaron frente al Consejo de Seguridad a pedir supervisión estatal. Yoshua Bengio, uno de los científicos que ayudó a crear la tecnología, lo resumió sin rodeos. Los peligros son reales e inminentes.
¿Y del otro lado? Trump rechazó cualquier marco global de regulación. Dijo que Estados Unidos no va a frenar algo que será más grande que la Revolución Industrial. Milei se sumó a esa postura. Dos contra casi todos.
Pero el problema de fondo no está en si se regula o no. Está en quién tiene voz para decidirlo. La gobernanza de la inteligencia artificial reproduce el mismo patrón que hemos visto en cada oleada de la globalización. Los países que producen la tecnología escriben las reglas. Los que la consumen las acatan. Pasó con el comercio. Pasó con las finanzas. Ahora pasa con los algoritmos.
La diferencia es que esta vez la dependencia es más profunda. Un país puede diversificar sus socios comerciales o sus fuentes de inversión. Pero cuando tu sistema de salud, tu aparato judicial y tu administración pública funcionan con modelos de lenguaje diseñados en Silicon Valley, la soberanía se vuelve una ficción operativa. No hace falta que nadie te invada. Basta con que alguien controle la infraestructura sobre la que piensas.
Macron lo entendió. La pregunta es si alguien más lo va a entender antes de que las reglas ya estén escritas.
