Por Carlos Gabriel Chávez Reyes

La imagen de la afición mexicana durante una Copa del Mundo es inconfundible: sombreros de charro, máscaras de lucha libre, cánticos ensordecedores y una capacidad inagotable para la fiesta, sin importar las condiciones climáticas. Para entender al aficionado mexicano, es indispensable recurrir a la fenomenología del relajo, magistralmente conceptualizada por el filósofo mexicano Jorge Portilla.

El relajo no es simplemente desorden; es la suspensión consciente de la “seriedad” y de los valores apremiantes de la vida cotidiana. Cuando el aficionado se pone la camiseta verde y se entrega a la celebración, está participando en un acto de liberación. El relajo crea una comunidad efímera pero profundamente cohesionada. Durante un partido (y en las celebraciones posteriores), el peso de la rutina y la opresión se suspende. Es un respiro psicológico colectivo. En un país donde la realidad suele ser áspera, el relajo mundialista opera como una válvula de escape; es una negación temporal de la angustia que permite al individuo reconectar con la alegría compartida y el sentido de pertenencia.

Esta necesidad de relajarse no es exclusiva de la mexicanidad, sino una necesidad humana que el sociólogo Norbert Elias abordó a través de su estudio sobre el deporte y el ocio en el proceso de civilización. Elias argumentaba que, a medida que las sociedades se vuelven más complejas, reguladas y restrictivas en cuanto a la expresión de las emociones, los seres humanos necesitan espacios seguros para experimentar lo que él llamó “emoción mimética”.

El fútbol proporciona exactamente eso. En el marco regulado del deporte (donde la violencia real es sustituida por la competencia simbólica), el aficionado puede experimentar miedo, euforia, tristeza y triunfo de manera intensa pero segura. El ocio mundialista es, por tanto, una necesidad estructural en la sociedad moderna. Es un espacio de “descompresión emocional” que permite al individuo lidiar con las tensiones de la vida civilizada y, en el caso de México, de una vida marcada por la incertidumbre constante.

No obstante, hay una tendencia elitista a criminalizar el disfrute del fútbol, sugiriendo que quien celebra a la selección es cómplice de la tragedia nacional o carece de conciencia social. Esta visión aísla al aficionado y le niega su complejidad. Primero, disfrutar del ocio no necesariamente anula la capacidad crítica. El mismo aficionado que abarrota el Ángel de la Independencia para celebrar, puede ser el trabajador que padece la precariedad laboral, o el estudiante que sufre el déficit brutal en el transporte público o el ciudadano que teme por su seguridad; y segundo, exigir que el ciudadano viva en un estado de militancia y angustia es inhumano. El esparcimiento es un derecho fundamental. El relajo del aficionado es una pausa legítima para recargar fuerzas, no una renuncia a su rol político-social. La alegría también es una forma de resistencia ante una realidad que busca arrebatarlo todo.

Sin embargo, aquí radica el meollo de esta crítica: el relajo es un derecho del ciudadano, pero es un crimen cuando proviene del Estado.

Mientras que la afición tiene la legitimidad de suspender la seriedad a través del festejo, las instituciones públicas no tienen derecho a ninguna pausa. El Estado no puede permitirse un “relajo institucional” ni utilizar el ruido del Mundial como cortina de humo para invisibilizar las fracturas del país. Las demandas sociales no se detienen porque ruede un balón: las heridas más profundas de México no deben entrar en pausa, es decir, las instituciones de justicia y seguridad no pueden distraerse mientras miles de familias buscan a sus desaparecidos en fosas clandestinas y la violencia altera la paz de comunidades enteras; además, la agenda económica del Estado debe seguir respondiendo a la urgencia de la precariedad laboral; o bien, ell transporte público colapsado, que roba horas de vida diarias a los trabajadores para trasladarse a sus empleos, requiere atención técnica y presupuestal continua, ajena a los calendarios de la FIFA.

La afición mexicana durante el Mundial es un testimonio de la vitalidad y la necesidad de cohesión de un pueblo. Entendido desde la fenomenología del relajo y el proceso de civilización, el festejo por la Selección Mexicana es un ejercicio legítimo y necesario de ocio, descompresión y comunidad, no por algo el escritor Juan Villoro reiteradas veces ha dicho que si hubiera un mundial de aficiones, la mexicana sería campeona. El aficionado tiene derecho a reír, a gritar y a olvidar por un momento la pesada carga de la realidad, sin perder por ello su condición de sujeto político.

No obstante, el contrato social exige una asimetría fundamental en este aspecto: el pueblo puede y debe jugar al relajo para sobrevivir emocionalmente, pero el Estado está obligado a la seriedad perpetua. Las instituciones deben mantenerse alerta y resolutivas frente a la violencia, las desapariciones y la desigualdad social. Celebrar un gol es un derecho humano; garantizar la paz, la justicia y la dignidad es una obligación estatal que no conoce tiempos extra ni días de asueto.

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