Por Mauricio Lascurain Fernández
En Cuba está ocurriendo algo llamativo: lo que hasta hace poco era prohibido, de pronto se presenta como parte de la solución a una crisis profunda.
El gobierno anunció la eliminación de un amplio paquete de restricciones históricas. Entre ellas, los precios dejarán de estar fijados por el Estado, la libreta de racionamiento —con la que las familias han adquirido alimentos subsidiados durante más de seis décadas— comenzará a desaparecer, los extranjeros podrán invertir directamente en negocios privados sin tantas autorizaciones previas y, por primera vez desde 1959, se autoriza la banca privada. En total, se trata de 176 medidas que hace apenas un año eran impensables.
Esto suena a apertura económica, y en parte lo es. Sin embargo, la pregunta inevitable es por qué ocurre justo ahora. La respuesta parece evidente: la economía cubana atraviesa una crisis severa. Hay apagones prolongados, escasez de combustible, caída de la producción y, según estimaciones recientes, cerca de nueve de cada diez familias viven en condiciones de pobreza extrema.
El propio presidente Miguel Díaz-Canel ha reconocido que muchas de estas restricciones no provienen únicamente del embargo de Estados Unidos, sino también de decisiones internas, burocracia y reformas postergadas durante años. En otras palabras, se abren medidas porque ya no había margen para sostener el modelo anterior.
Al mismo tiempo, la presión internacional aumenta desde distintos frentes. El Parlamento Europeo ha solicitado suspender el acuerdo de cooperación con la isla si no hay avances en materia de derechos humanos y liberación de presos políticos. Por su parte, Estados Unidos anunció nuevas sanciones contra el conglomerado militar que controla buena parte de la economía y el sector energético cubano, lo que agrava la fragilidad del sistema al ahuyentar inversiones y tensionar aún más el suministro eléctrico.
La duda que queda es inevitable: estas reformas podrían representar una oportunidad real si logran traducirse en beneficios para la población, pero la desconfianza persiste. El historial de cambios de reglas, retrocesos y controles ha dejado huella entre emprendedores e inversionistas.
Y en medio de todo, la presión externa —aunque tenga fundamentos políticos y económicos— suele recaer sobre la población: la que hace filas, la que sufre apagones y la que vive en la incertidumbre diaria.
Ojalá esta vez el resultado sea distinto. Por los cubanos, más allá de los gobiernos.
