Por Mauricio Lascurain Fernández

12 de mayo 2026, Xalapa, Ver.- Durante décadas, hemos analizado el mundo pensando que los gobiernos son los únicos que mandan. Sin embargo, la realidad actual nos exige una mirada distinta, especialmente al observar al Sur Global. Esta región, que por mucho tiempo fue vista sólo como “la periferia”, hoy es un motor clave que se mueve en una red de dependencia mutua con el resto del planeta.

Implementar derechos humanos en nuestros países no es sencillo. No es solo un tema de leyes, sino de enfrentar problemas reales: instituciones débiles, falta de dinero, corrupción y gobiernos que concentran demasiado poder. En este escenario, las organizaciones internacionales (como la ONU o diversas ONG) juegan un papel doble: son aliadas que vigilan y presionan para que las cosas mejoren, pero también son vistas con desconfianza por quienes creen que estas intervenciones amenazan la soberanía nacional.

Aquí es donde los “pesos y contrapesos” se vuelven fundamentales. En muchos de nuestros países, la falta de jueces independientes permite que el poder ignore las normas internacionales. Sin mecanismos internos fuertes, la protección de la gente queda a merced de la voluntad del político en turno. Los datos son claros: el estado de derecho está en declive y los espacios para que los ciudadanos se expresen libremente se están cerrando en gran parte del mundo.

A pesar de esto, hay señales de esperanza. La cooperación entre países del propio Sur, como las alianzas en el sudeste asiático o en América Latina, demuestra que podemos aprender unos de otros para mejorar la salud, la educación y los derechos de las mujeres sin depender siempre del Norte. El Sur Global ya no solo recibe reglas; ahora ayuda a escribirlas desde su propia historia y necesidades.

Para que los derechos humanos sean una realidad, debemos dejar de ver la soberanía y la ayuda internacional como enemigos. La soberanía no debe ser una excusa para que un gobierno haga lo que quiera sin rendir cuentas, sino la base para construir instituciones que realmente cuiden a su gente.

El futuro de nuestra región depende de que logremos equilibrar el poder. No basta con firmar tratados; necesitamos que la justicia funcione en casa. Solo con una cooperación real, que respete nuestra cultura pero que no negocie la dignidad, podremos pasar de las promesas en el papel a una vida mejor para todos. El crecimiento de nuestros países no servirá de nada si no logramos que, al final del día, cada persona viva con respeto y sin miedo.

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