Por Sofía Olvera
Hoy se cumple el primer aniversario de la partida de Mario Vargas Llosa y, para ser honestos, el mundo de las letras se siente un poco más vacío y, extrañamente, menos ruidoso. Se nos fue el último gran titán del Boom, ese grupo de señores que decidieron que el español era un idioma para conquistar el mundo y que, de paso, nos pusieron a todos a leer sobre dictadores, selvas y perros hambrientos.
Hay que reconocerle algo a Mario: tuvo la decencia de vivirlo todo. Fue el joven rebelde que escandalizó a su familia, el intelectual que casi llega a la presidencia y, finalmente, el abuelo de la literatura que terminó protagonizando portadas en revistas de chismes que ninguno de nosotros admite comprar pero todos ojeamos en alguna polvorienta sala de espera.
Y es que ese es el gran dilema con el escribidor: era imposible separar al genio que diseccionaba el poder en una novela del señor que se peleaba con el mundo moderno desde su columna dominical. Mientras nosotros nos distraíamos debatiendo si su último romance era digno de una telenovela o si sus opiniones políticas eran del siglo pasado, él seguía ahí, inmutable, recordándonos que la ficción es la única mentira que dice la verdad. Al final, Mario fue el ejemplo perfecto de que se puede ser un Nobel impecable y, al mismo tiempo, el protagonista de un drama que ni a Corín Tellado se le hubiera ocurrido.
¿Qué nos queda de él ahora que ya no está para regañarnos por no leer a los clásicos? Nos queda la disciplina de un hombre que escribía con la precisión de un cirujano y la terquedad de un cadete del Leoncio Prado. Podrá caerte mal su giro a la derecha, o podrías haberle hecho “fuchi” a su etapa de celebridad de la prensa rosa, pero es imposible negar que Conversación en La Catedral te deja el alma hecha nudos.
Vargas Llosa murió convencido de que la buena literatura nos salva de la barbarie. Un año después, viendo cómo escribimos en redes sociales, parece que la barbarie va ganando por goleada, pero al menos nos quedan sus libros para escondernos un rato.
Don Mario se fue, pero nos dejó la vara altísima y el librero lleno. Brindemos por él, aunque sea con un pisco, y perdonémosle el chisme por el bien de su prosa.
