Por Arturo Reyes Isidoro

Xalapa, Ver.- Se da por hecho que, en su tercer partido, la Selección Nacional ganará este miércoles a la de Chequia (7 de la tarde-noche, Estadio Ciudad de México, canales 5 y 7). Si ocurre, la fanaticada saldrá como verdadera marabunta rumbo al Ángel de la Independencia a celebrar y a liberar tantas emociones acumuladas que no han encontrado otra forma de desahogo.

En una misiva de Juan Villoro a Martín Caparrós, publicada en El País, el escritor señala que “un gol regalado por Corea basta para que seamos intensamente felices, lo cual habla del tamaño de nuestro descontento. Se necesita estar muy decepcionado para alegrarse con tan poco”.

Los festejos son una catarsis colectiva, coinciden diversos especialistas. El investigador Felipe Gaytán, de la Universidad La Salle, afirma que estas celebraciones funcionan como una suspensión momentánea de los problemas sociales, aludiendo incluso a casos como la Argentina de 1978 bajo la dictadura de Jorge Rafael Videla.

Por su parte, el académico Jorge Negroe Álvarez, de la Universidad Iberoamericana, sostiene que estos estallidos de alegría responden a la necesidad social de ilusionarse en contextos adversos, tanto en lo político como en lo económico.

En tanto, el investigador César Rebolledo considera que el futbol se convierte en un “templo emergente” que permite una tregua colectiva frente a la violencia, la inseguridad y la corrupción.

El técnico Javier Aguirre lo resume con claridad: el futbol no puede resolver los problemas del país, solo los del propio juego, aunque sí puede ofrecer momentos de alegría a la afición.

Me gusta el deporte. Disfruto los buenos partidos y reconozco a los buenos jugadores. Y no puedo evitar pensar que, si los políticos observaran mejor las estrategias de los entrenadores, aprenderían mucho: no todo es avanzar en línea recta para “meter gol”, a veces hay que retroceder, triangular o reorganizar el juego.

Pero sobre todo, entender que se trata de un trabajo de equipo. No, por ejemplo, como ocurre en la política económica, donde cada quien parece traer su propia agenda, lo que termina debilitando la estrategia general.

También hay que recordar que el futbol es un negocio global, donde los jugadores son mercancía, sujetos a intereses económicos, contratos y decisiones que no siempre son deportivas, sino también financieras y, en ocasiones, incluso corruptas.

La pregunta inevitable es si los recientes triunfos de la Selección y sus festejos masivos funcionan como una especie de válvula de escape social ante el descontento acumulado en el país, o si se trata solo de una celebración pasajera que no modifica nada de fondo.

Mientras tanto, en Veracruz, la gobernadora Rocío Nahle y el diputado Esteban Bautista han llamado la atención al pedir a sus legisladores mayor seriedad y propuestas con sustento, ante lo que consideran iniciativas sin viabilidad.

Esto abre lecturas políticas: desde una posible estrategia de disciplina interna hasta un intento por mejorar la imagen rumbo a los próximos procesos electorales.

En cualquier caso, la escena deja una reflexión de fondo: cuando el descontento social es alto, cualquier triunfo deportivo puede convertirse en una forma de alivio colectivo, aunque sea momentáneo.

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