Por Pedro Chavarría. 

6 de enero del 2025. Xlapa, Ver.- Muñeca era una chica callejera. Se ganaba la vida de manera muy dura. Las calles siempre resultan hostiles, sobre todo si no tienes un hogar y vives donde te agarra la noche. Ni aun si tienes un refugio. No deja de ser la calle. Tus principales objetivos son comida y resguardo. Dos cosas difíciles de conseguir si vives en la calle. Se camina mucho y estás a merced de múltiples agresores, que te agreden porque sí, porque pueden hacerlo; a veces te dan un poco tan solo para atraerte y tener el gusto de maltratarte.

Muchas veces vi pasar a la muñeca por mi calle, siempre con paso apresurado, seguramente por tener un objetivo en mente.  Ella era una rubia natural. Seguramente había tenido muchas parejas, todas efímeras, pues al final, siempre se quedaba sola. Así la conocí y al principio me era indiferente. Un día le ofrecí algo de comida. Me lo agradeció a su manera y siguió su camino, sin más.  Así era su estilo. Un tanto recelosa, estrategia fundamental para sobrevivir, si no cuentas más que contigo mismo. Yo siempre he creído que, ante todo, cuentas contigo mismo, a menos que te sabotees. Pero una callejera no se puede darse ese lujo. O te apoyas a ti mismo, o te mueres. Así de fácil.

El asunto de ofrecerle comida se fue volviendo una costumbre. Pasaba todos los días y tan solo se detenía un poco, contenida, sin pedir ni hacer nada para llamar la atención, tan solo verte y esperar un poco. Si no había nada, seguía su incesante camino, al frío y al agua. Y mira que, en esa época en Xalapa, llovía todo el día, durante meses. Una lluvia muy fina, pero bien que mojaba. Se hacía acompañar de neblina y frío. Como decía mi madre: “No le vemos la cara al sol”. Y así por meses. Sufríamos el chipi-chipi. Así le decíamos. Hoy casi se ha extinguido. Esa suave melancolía que venía de ver neblina y llovizna ya no la tenemos por aquí.

Muñeca no tenía más protección que su pelo rubio natural. Sacudirlo un poco y ya se iría secando. Un día le ofrecí una pata de pollo, cruda. La recibió con mucho gusto y se quedó a comerla a mi lado. Desde entonces nos hicimos muy amigos. Todos los días pasaba por su pata de pollo. Aunque tenía que comer de todo, en principio era carnívora, como todos los perros. Los caness de la calle se tornan omnívoros, pues tienen que comer lo que encuentran. 

Muñeca se fue quedando cada vez más con nosotros. Ya salía poco, pero siempre regresaba. A mi padre se le ocurrió conseguirle un novio. Le gustaba mucho un pekinés que vivía en una casa cercana: El Capi, perrillo muy orgulloso. Mi padre hizo los arreglos prenupciales y les brindó la oportunidad de conocerse y tratarse. Se entendieron bien e hicieron lo esperado, a resultas de lo cual, mi padre se volvió muy celoso en el cuidado de la futura madre, de modo que la dejaba salir poco.

Allá por mi casa, pasaban cotidianamente varios indigentes, pordioseros, vendedores de frutas y legumbres, voceadores, cargadores, lecheros a caballo, afiladores, tortilleras, tamaleras y toda una serie de personajes pintorescos que hoy han desaparecido. Ya la que fue mi calle se ha tornado en un estacionamiento, de vehículos fijos y en pretendido movimiento. Pero hace unos 60 años era muy distinta. Jugábamos en la calle. Nadie jugaba en el patio de su casa, ni había que ir a los parques, aunque teníamos uno muy grande cerca.

Entre todos esos personajes que, igual que la muñeca, recorrían a pie muchas calles buscando sustento, había una señora de unos 60 años, vestida de manera estrafalaria, morena, bajita, siempre con grandes lentes oscuros, aunque no hubiera sol. Caminaba muy despacio, nunca hablaba y veía todo mundo con cierto desdén o desafío, como si se creyera mejor que nosotros. Ese paso lento, pretendidamente majestuoso y su mirada, como dirigida a una corte de súbditos, o lacayos, la hacía una mujer extraña; este mundo no la merecía. Hacía de todo para sobrevivir, pero, más que nada, recogía cosas que otros sacábamos como basura, es decir, era pepenadora ambulante, pues no estaba fija en un basurero. Entre otras de sus actividades que le aportaban algo de dinero, vendía cachorros: gatos y perros; los traía en un morral y los iba ofreciendo.

Alguna vez que la muñeca se salió, ya embarazada, no regresó. Pasaron unos días y no volvió. Mi padre, muy perspicaz y malicioso, rápidamente elaboró una hipótesis. Aquella mujer, cuyo nombre nunca conocí, la había secuestrado para hacerse con los cachorros y venderlos, sabedora de que saldrían bonitos. Buena hipótesis, pero había que probarla y rescatar a la secuestrada. Pero nadie sabía dónde vivía esa mujer, y seguramente ahí tenía encerrada a la muñeca.

En este punto del relato, entra en acción Paciano. Este era un semi-indigente, semi ebrio consuetudinario. Flaco él, muy moreno, con barba escasa y algo grotesca, siempre con frío. Por toda protección usaba un chaleco gris, ya muy deslavado y raído. Ignoro por qué, pero le tenía gran aprecio y respeto a mi padre. Seguramente le invitaba de vez en cuando unas copas, cuando coincidían en una cantina cercana: “La buganvilia”. Junto había otra, de más categoría, resataurante-bar, especializada en mariscos y que sería toda una tradición en Xalapa. : “La Palma”, pero esta era de mayor nivel y creo que Paciano no la frecuentaba.

Una sola vez, de chiquillo, entré a La buganvilia, con temor. Buscaba a mi padre para darle un recado. Era cliente asiduo de esas dos cantinas. Asistía como a una especie de club social, donde departía con sus amigos, y sí tomaba, pero pocas veces lo vi borracho, yo creo que más bien se mantenía un poco alcoholizado, porque en cualquier momento le salía viaje y tenía que manejar un tren de carga. Nunca tuvo un accidente y varios de sus amigos coincidían en que era muy estricto con los procedimientos y reglamentos, sobre todo en lo relativo a la velocidad; por eso suelen ser los accidentes y descarrilamientos. Si el maquinista, por exceso de trabajo, o por alcohol, se queda dormido, el tren cobra velocidad en bajada y pasa lo que acabamos de ver hace poco con el tren interoceánico.

Paciano era incondicional de mi padre, una especie de escudero. Cuando mi padre necesitaba algo que yo o mi hermano no pudiéramos hacer, llamaba a Paciano, una especie de mil usos. “ ¡Sí, señor Chavarría!”, solía decir, y allá iba por el mandado. Pues bien, Paciano fue investido como detective investigador. Se dedicaría a espiar el paso de aquella mujer sospechosa, seguirla discretamente y, averiguar dónde vivía. El improvisado detective la siguió según su nombre: pacientemente durante todo el día. La sospechosa caminaba mucho y llegaba a su casa hasta la noche. Al día siguiente el detective llegó con los informes.

Ubicado el refugio, más que casa, de esa señora, mi padre decidió ir con Paciano y enfrentarla para recuperar a la perrita embarazada y a los cachorros en formación. Mi madre le rogó mucho que no fuera, que ya ni modo, que se iba a meter en un lío, porque, además, ni papeles de propiedad tenía. Mi padre era un tipo alto, no mucho, fornido, bastante, tendiente a las explosiones e ira, por lo que mi madre ya lo imaginaba golpeando a la mujer y destruyendo su refugio. Muñeca era una perrita callejera y cualquiera podría asumirse como su dueño. Mi padre, cuando tomaba una decisión, ya no cambiaba, así que no hizo caso y partió en compañía de Paciano.

Regresaron en un par de horas, tiempo que mi madre se pasó angustiada, imaginando lo peor. Pero no. Regresó radiante, con su perra y futura descendencia. Efectivamente, esa señora había secuestrado a la madre gestante y esperaba vender a los perritos. No sé qué argumentos esgrimiría mi padre, pero regresó con la mascota, descuidada y algo flaca. Se recuperó pronto y un buen día, nacieron los perritos.

Mi padre estaba muy contento. Había descubierto a la raptora, había rescatado a la víctima y finalmente, conseguido el perrito que quería: muy parecido al Capi. Los otros cuatro de la camada fueron regalados y nos quedamos con el que él quería. Pero esta es otra historia. Muñeca fue adoptada por unos vecinos y ya no me enteré de su destino final.

 

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