María Cenobia Izquierdo Gutiérrez nació el 30 de octubre de 1902 en San Juan de los Lagos, Jalisco, México. Su padre murió cuando ella tenía cinco años de edad, estuvo bajo el cuidado de sus abuelos, que le brindaron una excelente educación, hasta que su madre se volvió a casar.

 

Desde su infancia, María comenzó a desarrollar el amor por el arte, especialmente por la pintura. En la juventud se trasladó a la capital de México, cuestión que marcó mucho su vida y fue inspiración para sus futuras obras.

 

En 1927 ingresó a la Academia de San Carlos. Aquí tuvo algunos maestros como Germán Gedovius y a Manuel Toussaint, aunque cabe mencionar que la influencia más profunda la obtuvo de Rufino Tamayo, con quien luego tuvo una relación amorosa. Su primera obra salió a la luz en el año 1930 aunque comenzó a desarrollarla tres años atrás. Sus obras iniciales se enfocaban en mostrar el entorno cercano de la artista: retratos de sus seres queridos y amigos.

 

Ejemplo de ello es el Retrato de Belem, Niñas durmiendo; así como naturalezas muertas y paisajes.

 

María era fanática de pintar paisajes porque a través de ellos revelaba el entorno que la envolvió en su camino desde su infancia rural y la vida adulta en la Ciudad de México. Sus pinturas incluían industrias, grandes edificios, calles y semáforos. Su nombre empezó a coger popularidad, gracias a esto en 1930 llevó a cabo una composición de la cementera La Tolteca, con la que participó en un concurso artístico convocado por dicha empresa y que le otorgó una mención honorífica especial del jurado.

 

Lo anterior la ubica como la primera mujer mexicana en exponer una obra públicamente. Ahora bien, la pintura de Izquierdo se inserta en la tendencia del arte posrevolucionario. Posee importantes vínculos con el arte de vanguardia, aunque relacionados con la mexicanidad.

 

Lo interesante de Izquierdo, es que renunció a mostrar una historia anecdótica, representando la figura del mestizo tal como se muestra en el mural Epopeya del pueblo mexicano. Izquierdo, por el contrario, utilizó colores brillantes y fuertes, con la intención de crear atmósferas sombrías en tonalidades ocres y terrosas; por esto también fue blanco de críticas.

 

A pesar de esto las pinturas de Izquierdo, en muchas ocasiones fueron consideradas pinturas primitivistas. En 1936, arribó a México el poeta Antonin Artaud y afirmó que la obra de Izquierdo estaba conectada con las verdaderas fuerzas del alma india. Es muy difícil catalogar la pintura de María Izquierdo porque contiene una iconografía variada en donde  incluye: naturalezas muertas, autorretratos, retratos, bodegones, altares de dolores, escenas de circo, entre otras. Pero lo común en sus obras es que muestra reiteradamente la figura femenina en diversos escenarios.

En muchas de sus obras reinterpretó las tradiciones mexicanas y creó atmósferas sobre los objetos populares de su preferencia. Muchas estudiosas de los procesos feministas han tomado la obra de Izquierdo para entender su visión sobre la mujer en esta época. En la década de los treinta, Izquierdo fue miembro de un grupo  antifascista, también dirigió Carteles Revolucionarios Femeninos para Bellas Artes. En esa exhibición compartió espacio con otras artistas como Lola Álvarez Bravo, Regina Pardo, Celia Arredonde, entre otras.

Fue una mujer muy activa, hizo parte de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarias y contribuyó en la causa de la expropiación petrolera realizando una subasta de arte mexicano. En ese momento llevo a cabo una conferencia radial titulada “La mujer y el arte”. En ese texto denunció la opresión en la que viven las mujeres. Años después, escribió para la Revista Hoy textos enfocados a exponer las problemáticas de la mujer artista.

Por todo lo anterior, Izquierdo es considerada una artista feminista. En la década del 40 impactó al público con pinturas de mujeres desnudas, arrodilladas y atadas a columnas en espacios metafísicos y atemporales, rodeados de lunas y estrellas. Estas mujeres se perciben desesperadas. Dichas obras tienen la influencia de la pintura de Antonin Artaud y también tiene como trasfondo la separación con Rufino Tamayo.

Realizó una ruptura con el arte del México posrevolucionario, que asoció a la mujer como madre, maestra y patria. En lugar de esto Izquierdo se atrevió a representar el silencio, el dolor y la melancolía, tal como ocurre en la obra Alegoría al trabajo. En otras obras los cuerpos de las mujeres han sido decapitados y se manifiesta por la intensa angustia. Estas pinturas ocurren en espacios metafísicos, con el fin de evidenciar la ausencia, vacío y angustia. Ahora bien, las representaciones de las mujeres muestran las condiciones de posibilidad de la mujer en el contexto posrevolucionario, sus limitaciones y problemáticas.

En 1945, Izquierdo realizó un mural para el departamento del Distrito Federal. Pero, tiempo después de iniciado el trabajo se le envió una orden de cancelación. Se dice que esto fue obra de Siqueiros, Orozco y Rivera que le pidieron a Javier Rojo Gómez que cancelara el proyecto, porque una mujer no tenía las cualidades necesarias para realizar dicho mural. Aunque Izquierdo denunció públicamente lo que había ocurrido con la intención de buscar apoyo ocurrió todo lo contrario. Es claro que Izquierdo abrazó a algunos de los principios del surrealismo. También que su obra frecuentemente se enfocó en la fantasía y la soledad, así como las escenas de circo.

Su mundo es femenino, íntimo y secreto. Lo admirable de esta artista es que logró compartir espacios artísticos, en una época en donde la mujer no tenía muchas posibilidades en relación a los hombres, con importantes artistas hombres como Rufino Tamayo, y Diego Rivera en el Museo Metropolitano de Arte.

Izquierdo sufrió una parálisis de la mitad de su cuerpo en 1948, aunque esto impedía su movilidad del lado derecho, continuó su prolífica carrera usando sólo su brazo izquierdo. Varios años después, María Izquierdo falleció, el 2 de diciembre de 1955, en la Ciudad de México.

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