Por Carlos Gabriel Chávez Reyes

06 de enero de 2025.- El Día de Reyes es un momento esencial para el desarrollo de la identidad y la memoria en la infancia, esta costumbre opera a la vez como un fuerte motor de reproducción capitalista y, tal vez más disimuladamente, como un instrumento de disciplina social. La promesa del regalo existe como un contrato moral coercitivo en el que el niño aprende las reglas del juego social: ser obediente tiene un costo y muchas veces el cariño se materializa en mercancía.

En las sociedades contemporáneas, el Día de Reyes no puede separarse de su rol económico. Lo que en otro tiempo fue un trueque simbólico se ha convertido ahora en un elemento fundamental de la economía de mercado.

Desde un punto de vista materialista, el juguete se transforma en una mercancía fetichizada más que ser solo un objeto de juego. Los adultos, en el marco de la lógica capitalista, confirman su papel como proveedores y su amor por medio del poder adquisitivo. Desde una edad muy temprana, se le enseña al niño a ser un consumidor en formación. La “magia” se mantiene por medio de la transacción monetaria, lo que establece una conexión temprana entre tener bienes materiales y la felicidad. El deseo “infantil” no es espontáneo, la misma publicidad modela el deseo de los niños, creando necesidades artificiales que los “Reyes” deben satisfacer para conservar la posición y la “normalidad” dentro del grupo de pares del niño.

Quizás el aspecto más fascinante y posiblemente más sutil de esta tradición sea su función como herramienta de control social. Los Reyes Magos (como Santa Claus) funcionan como agentes de supervisión y vigilancia omnipresentes. Una de las primeras maneras en que se introduce al niño al sistema moral societal es la frase “si no te comportas bien, los Reyes no te traerán nada” (o “te traerán carbón”).

Así, el niño no necesita obedecer con fuerza física; solo se requiere del mito. El temor a ser excluido (no recibir regalos) educa el cuerpo y la mente del niño durante las semanas anteriores. Asimismo, el niño es socializado en una moral utilitaria. No se enseña a ser bueno por motivos de ética o de empatía inherente, sino como una inversión que genera un retorno material. La bondad se transforma en un medio de intercambio.

El antropólogo Marcel Mauss explicaba que no existen los regalos “gratis”; cualquier obsequio implica un compromiso de correspondencia. En el Día de Reyes, esta correspondencia es obligatoria y desigual. El niño no escoge participar en este ritual; es “coactivamente socializado” a través de él. Se le impone una deuda: los padres (enmascarados en mitos) proveen bienes, y el niño “paga” con obediencia, aceptación de las reglas familiares y reconocimiento.

Por un lado, si el niño discute la autoridad, rompe el contrato y arriesga el beneficio. Y por otro lado, si el niño cumple, legitima la autoridad de los padres y el sistema de valores que ellos imponen.

De esta manera, el 6 de enero actúa como un rito para la renovación del orden familiar. La jerarquía se establece por medio de la sorpresa y la alegría auténtica (componentes genuinos y significativos para la mente de niñas y niños): los adultos tienen el control de conceder o privar de felicidad, y los niños aprenden su posición en la estructura social.

No obstante, el acceso a esa “magia” no es democráticamente equitativo; es un privilegio de clase. El mito enseña que el obsequio es un resultado directo de la buena moral del niño. Sin embargo, en un entorno de pobreza, un niño puede haber actuado de manera ejemplar y, aun así, despertar sin regalos o con obsequios modestos en comparación con los demás.

El Día de Reyes, de cierto modo, se transforma en un contexto de distinción social. Los juguetes sirven como indicadores de estatus. Lo que les falta a muchos niños define su realidad; además, esta práctica es excluyente y acentúa la brecha entre aquellos que pueden acceder al mercado global y los que no. Es importante también enfatizar su identidad misma y el riesgo a quebrantarse, porque los niños que no han sido obsequiados con juguetes, que han interiorizado la idea de que un presente es equivalente a un buen comportamiento, no siempre ponen en duda el sistema económico o el poder adquisitivo de sus padres; sino que se interrogan sobre sí mismos, preguntándose si hay algo mal en ellos y sintiéndose como si su situación fuera posiblemente una falta moral propia.

El Día de Reyes es un fenómeno multifacético. Negar su relevancia emocional sería un error reduccionista; es un creador de vínculos, memorias y magia que organiza la narrativa de la niñez. Es una práctica marcada por el consumo capitalista, así como por una pedagogía basada en la recompensa, el miedo y la inequidad. Interpretar el Día de Reyes como instrumento de socialización y disciplina moral no debería incomodar la tradición, pero sí nos motiva a interrogar la manera en que la practicamos.

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