A inicios de este año, el mundo celebró los 60 años de la culminación de la Revolución Cubana, un proceso que cambió radicalmente al país, marcando una de las mayores gestas de la historia latinoamericana. El contexto era la Guerra Fría. La Unión Soviética y Estados Unidos estaban enfrentados, mientras uno trataba de expandir su influencia en el resto del mundo, el otro le cerraba el paso. Por esto, es con gran asombro que un movimiento de guerrillas derrotara al gobierno militar que Estados Unidos auspiciaba en la isla. Acto seguido, se instaura un gobierno socialista, a tan pocos kilómetros del gigante americano.

De la misma manera, este viernes se conmemora un hecho que se dio varios años antes de que el Ejército Rebelde ingresa victorioso a las calles de Santiago de Cuba. Este fue el Asalto al Cuartel de la Moncada, conocido hoy como el Día de la Rebeldía Nacional. La operación fue el primer acto armado de las fuerzas opositoras contra el gobierno dictatorial de Fulgencio Batista.

Aunque la operación fue infructuosa y estuvo llena de bajas para los insurrectos, el día pasaría a la historia como el movimiento de obertura de la Revolución Cubana. Además, propició la huída del comandante de la operación, Fidel Castro, y al resto de sus compañeros a México, donde tuvo la oportunidad de planear el golpe que terminó por llevarlo al poder.

Primero lo primero. El año anterior a los hechos, Fulgencio Batista, un poderoso militar y expresidente tanto por la vía electoral como por la vía golpista, competía en nuevas elecciones, pero las encuestas no terminaban por favorecerle. A cuatro meses de iniciarse los comicios, decidió dar un nuevo golpe de estado, y aunque esta vez no hubo violencia, miles de estudiantes y trabajadores se organizaron a protestar. Una de estas organizaciones fueron las Juventudes Ortodoxas, nuestros protagonistas del mencionado asalto.

 

Fue en las primeras horas de la mañana del 26 de julio de 1953 cuando el abogado Fidel Castro, de 26 años de edad, dirigió a unos 160 hombres y mujeres para atacar el Cuartel de la Moncada, que estaba ocupado por el ejército de Santiago. La estrategia era atacar este punto, que quedaba en el oriente de la Isla de Cuba, lo suficientemente alejado de otros puntos militares que pudieran ir en auxilio de los primeros. Castro esperaba que el ataque provocara un levantamiento general contra Batista, pero la mayoría de los atacantes fueron asesinados y Castro y su hermano Raúl fueron arrestados y encarcelados.

 

En 1955, ambos hermanos recibieron una amnistía del dictador y fueron liberados. Los dos hombres arribaron a México (como muchos otros funcionarios cubanos que se habían refugiado después del golpe de Estado) y ahí fundaron el Movimiento 26 de julio, una apropiación de la lucha que comenzó en la Moncada y cuyo impulso no terminaría hasta su victoria. Las banderas roji-negras con las siglas “M-26-7” se volverían iconos de la cultura de las izquierdas.

 

Mientras tanto, la vida en el exilio fue difícil. Los miembros del grupo evitaron relacionarse con políticos del país, y su lugar de reunión era el hogar de la cubana María Antonia González en la colonia Tabacalera. Fue en este mítico departamento donde Castro conoció al argentino, Ernesto ‘Che’ Guevara, y quien rápidamente se unió, destacando como estratega e ideólogo. La siguiente etapa de la lucha estaría por comenzar. Los hombres comenzaron su entrenamiento en los bosques de Chalco, en el Estado de México, pues el relieve y el ecosistema era el más parecido a la Sierra Maestra, donde el Movimiento planeaba instalar su base de operaciones, siempre y cuando pudiesen desembarcar en Cuba.

 

Antonio del Conde, un empresario mexicano, le vendió a Castro “el Granma”, un yate de 15 metros de eslora, que los revolucionarios usarían para regresar a Cuba y sembrar la semilla que culminaría con el régimen de Batista. El 25 de noviembre de 1956, a las 12:20 de la madrugada, el barco partió de Tuxpan, Veracruz hacia la isla. Pese a que estaba diseñado para alojar a 20 individuos fueron embarcados 82 jóvenes, entre ellos un mexicano, Alfonso Guillén. Tristemente, al desembarcar, perseguidos o asesinados en el trayecto, sólo 20 de ellos llegaron a Sierra Maestra.

 

El resto de la historia es más o menos conocida. En enero de 1957 iniciarían las primeras operaciones militares bajo la dirección de Castro. El mundo saltó en asombro al ver que, en tan solo dos años, las fuerzas conformadas en mayoría por jóvenes sin entrenamiento militar propio, derrocarían a un férrero régimen con la consigna del comunismo y el antiimperialismo. En el éxito suele señalarse que Cuba es ante todo, un país pequeño, con una historia colonial corta, que haría imposible que tal movimiento pudiese ser replicado en otras latitudes.

 

“La historia me absolverá” fue la última frase que Castro dirigió a las cortes que lo enjuiciaron por los sucesos de la Moncada. Hoy la frase se siente inconveniente. Con la mancilla sobre varios delitos a los derechos humanos y la represión a los medios de comunicación, han caracterizado la imagen pública de Cuba en el extranjero, el balance de logros parece dejar cosas que desear.

 

A pesar de que la economía cubana sigue basándose en gran medida en la exportación de productos agrícolas, Cuba es el único país en el continente americano que ha logrado dar educación gratuita en todos los niveles a toda su población, con una tasa de alfabetización del 99%. Además de tener también la tasa de desempleo más baja y una tasa de mortandad infantil menor que la de Estados Unidos.

 

El impacto de la Revolución es evidente. Sus símbolos electrificarían a movimientos de todo el mundo, pero sobretodo, a una generación de jóvenes cuya rebeldía se convertía en estandarte de su identidad y de la forma en como socializaban con sus pares.

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