Por Luis Gerardo Martínez García
20 de enero 2026, Xalapa, Ver.- ¿Cómo abordar la marginación? Esa es la gran pregunta que ha llevado a muchos intelectuales de nuestro país a derramar ríos de tinta. Los hay de todo tipo: desde los religiosos de derechas, que se esfuerzan por realizar obras de caridad y por involucrar a la Iglesia en la salvación (material) de los marginados, hasta los intelectuales de izquierda, quienes remarcan que la marginalidad es producto de un sistema que tiene más de depredador que de cualquier otra cosa.
No cabe duda de que la marginación tiene grandes rasgos, todos ellos muy notorios: desde las casas humildes (“de cartón”) hasta la ropa, el idiolecto y la conducta. Hace mucho tiempo, un antropólogo estadounidense de nombre Oscar Lewis decidió explorar este fenómeno. Tomó como referencia los procesos de marginación que ocurrían en su propio país, pero también decidió explorar otros contextos para su investigación. Lugares como México y Brasil fueron objeto de sus estudios. Sus conclusiones resultaron escandalosas, aunque su enfoque en los marginados fue novedoso. Básicamente, sostenía que la pobreza creaba una subcultura de la que era muy difícil salir, pues se retroalimentaba constantemente. Quizá, años más tarde, los neoliberales fijaron esta idea con una expresión maliciosa: “El pobre es pobre porque quiere”.
No cabe duda de que, por desgracia, en México la idea de la pobreza como destino es difícil de evadir. Las condiciones socioeconómicas han hecho que las poblaciones desfavorecidas casi siempre pierdan. No obstante, cuando de algún modo dicha visión se “naturaliza”, es cuando se deshumanizan sus causas. ¿Cómo se puede observar esta deshumanización? ¿Cuál es su característica más visible?
Lo hemos visto todos: el suelo en el que la pobreza se apoya no es sólido. Sus casas son de naipes ante la adversidad. Estamos habituados a pensar que el derecho a la vivienda es un imperativo de toda sociedad civilizada. No obstante, este derecho está siendo, para muchos, un privilegio. No es un fenómeno local ni nacional. Estados Unidos, por poner un ejemplo, es uno de los grandes epicentros de este brutal desarraigo: gente que vive en moteles, en automóviles, en casas rodantes o en casas de campaña.
En México, por ejemplo, las cosas son ligeramente diferentes. Hace unos años, el periódico La Silla Rota se encargó de documentar casos de marginación en el puerto de Veracruz. El resultado fue inquietante. Señala: “Se requiere la suma de los esfuerzos de diversas instancias de la administración pública para atender a la población más vulnerable y reducir la pobreza en el corto, mediano y largo plazo”. Añade: “Es en la colonia Reserva de Tarimoya I donde los habitantes dan rostro a una parte del 66.5 % de la población que presenta alguna condición de pobreza”.
No obstante, Alice Goffman, socióloga estadounidense, sugiere que esta marginación también crea nuevas redes de solidaridad. ¿Cómo pueden vivir en un ambiente urbano que les es hostil? ¿Cómo pueden hacer frente a un entorno que francamente los arrincona y los vuelve vulnerables? ¿Cómo puede hacer frente la “casita de cartón y de lámina” a la jungla de concreto? Quizá un problema sistémico tan profundo no pueda resolverse en un par de párrafos. Al final, recordando a Lewis, podemos decir que dentro de esas casitas de madera y cartón hay una morada en la que habitan experiencias que escapan a la mayoría de nosotros. Dice Lewis: “Un fuerte sentimiento de marginalidad, de impotencia, de dependencia y de no pertenencia… tales son las características de la cultura de la pobreza”. Al menos, recordando estas palabras podemos ejercitar la empatía, lo cual no es algo menor (menos en nuestros tiempos).
