Por Pedro Chavarria
02 de enero de 2026. Xalapa, Ver.- En unos meses cumplo 70 años. He sobrevivido a mi padre por cinco años hasta hoy, pero todavía no alcanzo a mi madre, a sus 101 años y perfectamente lúcida, un poco débil visual y auditiva, pero no se puede pedir mucho a esas alturas de la vida. Algunos de mis entrañables compañeros de generación de la universidad juegan tenis y van al gimnasio. Yo ya no. Una cuarta parte de quienes me acompañaron en la facultad ya murió. Parchado, pero aquí sigo. Me siento muy afortunado de seguir y hacer lo que más me ha gustado siempre: leer y escribir. Hubiera querido hacerlo siempre, pero tenía que trabajar y ganar dinero, así que estuve muy ocupado.
Durante muchos años, casi 30, tuve tres trabajos. Por la mañana en el hospital. Por las tardes en la Facultad de Medicina. Por las noches en mi laboratorio privado. Fui patólogo, jefe de departamento u jefe de enseñanza, académico de base, Tiempo completo y Director. Recorrí varios escalones en cada institución. El laboratorio privado lo mantuve junto con Martha; ella hacía una parte y yo otra. Cumplimos un ciclo.
A casi 70 años de distancia, me siento razonablemente satisfecho de mi trayectoria. Pude haber hecho más, pero las circunstancias no siempre son favorables y debe uno balancear el tiempo limitado del que disponemos; cualquier desbalance tiene su precio y eventualmente se paga, como yo mismo puedo atestiguar. Los médicos o trabajamos mucho o muy poco. Algunos saben hacer mejores balances que los que nos enganchamos con la adicción al trabajo.
Debemos ser congruentes y aceptar, tanto nuestras responsabilidades, como lo que en suerte nos tocó. Todo el conjunto de actitudes y actividades se refleja en la trayectoria de vida y salud que desarrollamos. No es válido quejarse, ni de la suerte -incluída la dotación genética-, ni de nuestras decisiones. Todo el tiempo tomamos decisiones, consciente e inconscientemente, responsable e irresponsablemente. Aceptemos las consecuencias, sin lamentos, pero con clara visión de lo que hemos hecho. Como diría el poeta Amado Nervo: “porque veo al final de mi rudo camino que yo fui el arquitecto de mi propio destino”.
No me siento viejo, pero indudablemente lo estoy; la enfermedad me limita sustancialmente, pero me preserva la capacidad de pensar y de expresarme. Hubiera querido ser escritor a tiempo completo, pero también quería ser médico. Aquí estoy reinventándome como escritor tardío. Aún parece quedarme un poco de cuerda y en esto pienso acabármela. Sigo teniendo proyectos y eso me mantiene alerta y entusiasmado. Creo que aún tengo un poco más por dar. Si no vives para dar, no vale la pena vivir. Me apropio de las palabras de Teresa de Calcuta.
Mi movilidad está restringida. Una parte de mi cuerpo no me obedece y algunos órganos han dejado de funcionar, lo cual me ha vuelto dependiente de personas y máquinas. Mi familia me apoya incondicionalmente y gracias a ello, estoy vivo y pensante. Tengo mucho que agradecerles, así como a los médicos y enfermeras que me atienden. No quiero dar nombres por no incomodar y menos olvidar involuntariamente alguno. Ayer terminé el año conectado temporalmente a una máquina compleja, manejada muy eficientemente por un equipo médico y de enfermería.
Normalmente, las sesiones transcurren sin incidentes, pero ayer, para cerrar con broche de oro el año, la máquina disfuncionó. Algo salió mal con las conexiones y/o con la máquina y el proceso se atoró. En un momento dado había cuatro o cinco enfermeras tratando de resolver el problema. La jefa, mujer muy segura de sí misma y profesional, dirigía las maniobras con voz serena y con autoridad. Mil detalles y procedimientos minuciosos que atender. Ella, atenta a mi persona y a los movimientos del equipo humano; otra de ellas, manipulando teclas y botones de la máquina, otras más, trayendo insumos y despejando desechos. Trabajo eficientemente coordinado, sin prisas ni exaltaciones, como suele verse en equipos profesionales, con una dirección acertada, fruto de años de valiosa experiencia. Todo similar a como trabaja un equipo quirúrgico en el quirófano.
El asunto se resolvió satisfactoriamente. No solo fue el desempeño técnico, no solo la calidad, sino la calidez. Una enfermera joven permaneció a mi lado, de pié; rechazó una silla para sentarse. Nunca me sentí en peligro grave, sabiendo que estaba en buenas manos. La jefa no solo atendió el problema, dirigió al personal asistente y me atendió, asegurándose de que no tuviera molestias. Al final, la chica joven se despidió de mí y me dijo: “Que Dios lo bendiga”. No se me olvidan ni la calidad, ni la calidez, la dirección precisa de la jefa, ni las palabras de despedida de la enfermera más joven. Aunque me hubiera complicado gravemente, sus palabras me habrían dado gran fortaleza y confianza. El trabajo de enfermería es muy complejo y la dimensión humana y el afecto no son parte menor.
Finalmente, regresé a casa con el apoyo de mi hijo. Pasé unas seis horas sin novedad, me acosté como a la una de la mañana y desperté a las cinco. Normalmente no duermo más de cuatro horas seguidas. Una sensación extraña me incomodó. La camisa de la pijama se sentía húmeda y pegajosa. Tenía encima dos sudaderas y el cobertor correspondiente. También estaban húmedos y pegajosos en varias partes. La luz, apagada, no me permitía ver cuál era la causa. Prendí la luz y, al inicio, no noté nada extraño. Ya poniendo más atención, descubrí sangre en mi mano. Me quité las sudaderas y se revelaron varios hilos de sangre que escurrían desde poco más arriba del codo y el goteo sobre la sábana.
Comprendí que no podría yo atender mi situación, pues debería usar la mano derecha, que se ha declarado en huelga permanente y hace muy poco de lo que le pido. Tengo un timbre que comunica con la recámara de mi hijo. Martha no estaba en la ciudad. Todos debíamos haber ido a Monterrey a conocer al nuevo nieto, pero mi madre enfermó y mi hermano y yo decidimos quedarnos. Afortunadamente ha mejorado. El caso es que tuve que despertar a mi hijo para que me asistiera. Él es ingeniero, pero, igual que su hermana, son muy serenos y analíticos, por lo que me han podido apoyar muy eficientemente en algunos eventos y aventuras por las que he pasado, contando con su valiosísima ayuda.
Pëdro, mi hijo, llegó y al verme, me dijo: “¿Qué te pasó?” Era evidente que sangraba, pero no veía muy bien si era del brazo o de un catéter que tengo en el cuello. La camisa había cambiado de color, ahora toda la mitad superior era roja. Obviamente había estado sangrando un buen rato, dormido. Con mucha serenidad y aplomo, me quitó la camisa, me limpió superficialmente y pudimos descubrir el origen del sangrado. Por arriba del codo, en la cara interna del brazo izquierdo, tengo un injerto vascular que comunica arteria y vena. Dos veces por semana me deben introducir dos agujas y sus correspondientes mangueras para conectarme a la máquina que me ayuda a eliminar desechos sanguíneos. En la sesión previa se hicieron las punciones habituales, al termina,r se verificó que hubieran sellado, se aplicaron las cubiertas habituales. La jefa supervisó cuidadosamente -yo creía que hasta de más- y todo estaba en orden.
Ya en casa, todo seguía igual. Cenamos, me acosté y desperté con hemorragia activa. Como tomo anticoagulantes y el injerto comunica una arteria con una vena, el riesgo de sangrado debe considerarse más. Pero no lo había. Todo se hizo según el protocolo aplicable. Probablemente, ya dormido, hice alguna maniobra, que, aunque leve, bastó para reabrir uno de los sitios de punción. Estoy seguro de que el trabajo de enfermería fue impecable, pero en la medicina siempre hay imponderables. Y por ser médico y fin de año, me tocó un evento memorable.
Tras limpiar la zona, bastó un poco de presión, un apósito un poco apretado, y el sangrado se detuvo. Resto de maniobras de limpieza, retirar ropas manchadas, colocar nuevo apósito sobre el catéter, baño, desayuno y aquí estoy, escribiendo estas líneas. Una vez más, sin las asistencias de tan eficientes enfermeras y luego el apoyo de mi hijo, quizá no estaría frente al teclado; a lo mejor estaría internado y en mal estado. Pero no. Aquí sigo, quizá un poco anémico, por la pérdida sanguínea y compartiendo con mis lectores mi involuntaria experiencia, de la que quiero destacar dos o tres aspectos.
En primer lugar, tener presente que las complicaciones y malas coincidencias, siempre pueden ocurrir; a veces avisan, pero no lo advertimos, otras veces no se anuncian, pero siempre pueden aparecer. Quizá si durmiera más de cuatro horas seguidas, la hemorragia hubiera sido realmente grave, pero afortunadamente, desperté a tiempo. El segundo aspecto a destacar es la serenidad, para poder pensar con claridad y tomar las mejores decisiones. Aunque mi hijo no es médico, ni enfermero, no se asusta con la sangre y pudo apoyarme con serenidad y acierto, capaz de manejar sangre, guantes, gasas y desinfectantes.
En una ocasión, cuando Pedro tendría unos seis años, se cortó un dedo y empezó a sangrar. Yo estaba presente y pude tranquilizarlo. Le dije que se apretara el dedo, y la salida de sangre se detendría. Le indiqué que soltara para ver cómo reanudaba y cómo la presión la volvía a detener. En el lavabo aseamos la herida y luego pusimos una curita. Eso bastó para que entendiera que hay que tener calma, que no es bueno que salga sangre, pero que puede controlarse, en muchos casos con solo oprimir un poco.
En otra ocasión, ya preadolescentes, los dos hermanos -mis hijos- fueron a una feria y en la aglomeración los empujaron y aplastaron. Mi hija regresó muy angustiada, estaban solos y Pedro recostó a la hermana en el sofá, le aflojó la ropa y le puso cerca un ventilador. Para cuando llegamos, Lety ya estaba tranquila. Es importante enseñar a los niños a no alarmarse, pensar con calma y enfrentar problemas médicos urgentes, a su nivel, en especial sangrados menores, como aquellos de la nariz, frecuentes en épocas de calor. Algunas personas, incluso mayores se impactan muy negativamente al ver sangre, pero eso no trae nada bueno. Se puede practicar con sangre animal, para que la conozcan y no le teman, al tiempo que aprenden la importancia de controlar hemorragias y al menos, avisar del problema.
El tercer aspecto a considerar es que todos, médicos y no médicos, podemos quedar en una situación de alto riesgo y debemos conservar la calma y buscar la mejor forma de ayudar a quien está en problemas. Insolaciones, crisis de angustia, fracturas y hemorragias pueden presentarse en cualquier momento y todos deberíamos saber lo mínimo necesario para ayudar. A veces basta solo con estar presente y tranquilizar a la persona en desgracia. El contacto y la calidez son herramientas básicas que todos podemos aplicar.
Bienvenido 2026, nuevos retos y escollos, nuevas oportunidades de ser feliz y hacer feliz a otro. Sigamos adelante mientras tengamos capacidad.

