Bad Bunny Super Bowl XL

09 de febrero de 2026.- La presentación de Bad Bunny en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX se configuró como un relato simbólico complejo que trascendió el formato musical para articular una narrativa sobre la experiencia latina contemporánea en Estados Unidos. Más que un concierto, el show operó como un dispositivo cultural en el que se cruzaron identidad, trabajo, migración, comunidad y reconocimiento, resignificando el espacio del entretenimiento masivo como territorio de disputa simbólica.

Escenas de lo cotidiano:

La puesta en escena estuvo compuesta por una serie de viñetas sociales que, leídas desde la semiótica cultural, construyen un mapa de significados sobre la vida latina más allá del estereotipo. Entre ellas destacó la representación de una boda entre una mujer latina y un hombre estadounidense, una imagen que funciona como metáfora de la hibridez cultural y de las formas en que la identidad se negocia en lo íntimo y lo comunitario. No se trata de asimilación, sino de convivencia simbólica: dos tradiciones que coexisten sin anularse.

Otra escena clave fue la de los agricultores trabajando la tierra, una alusión directa a los sectores históricamente invisibilizados pero fundamentales para la economía. Desde una lectura sociológica, esta imagen remite a la centralidad del trabajo migrante y latino en la producción de alimentos, un aporte estructural que rara vez es reconocido en los grandes relatos nacionales.

A ello se sumó la representación de pequeños negocios —tiendas, puestos, espacios barriales— que encarnan la economía cotidiana de millones de familias latinas. Estos signos no solo evocan emprendimiento y autosuficiencia, sino también resistencia frente a sistemas económicos que suelen excluir o precarizar a estas comunidades.

Otra figura reconocible que apela a la nostalgia es la del niño dormido sobre sillas, aunada al que recibe el Grammy de manos del propio Bad Bunny.

Lengua, música y poder

El uso predominante del español y de géneros como el reguetón, la salsa y la música caribeña constituyó un gesto político en sí mismo. En un evento históricamente dominado por el inglés y por estéticas culturales hegemónicas, Bad Bunny reconfiguró el medio tiempo como un espacio de legitimación lingüística y sonora. La elección no busca traducción ni adaptación: interpela desde la afirmación identitaria.

En este contexto, las participaciones de Ricky Martin y Lady Gaga funcionaron como nodos simbólicos distintos pero complementarios. Ricky Martin, como figura pionera de la visibilidad latina en el pop global, encarnó la memoria histórica de una lucha por representación que hoy encuentra nuevas formas. Su presencia operó como un puente generacional y cultural.

Lady Gaga, por su parte, introdujo una dimensión de alianza intercultural. Su participación no eclipsa el relato, sino que lo refuerza: representa la posibilidad de solidaridad simbólica desde el centro de la industria cultural anglosajona, legitimando el mensaje sin apropiárselo. Desde la semiótica del poder cultural, su aparición puede leerse como una cesión consciente de centralidad.

Orgullo, protesta y pertenencia

Lejos de una protesta explícita en términos partidistas, el espectáculo articuló una protesta cultural: visibilizar aquello que suele permanecer en los márgenes. Las banderas latinoamericanas, las escenas de trabajo, familia y comunidad, y los mensajes finales sobre unidad y amor construyeron un discurso que cuestiona las narrativas excluyentes sobre quién pertenece a la nación estadounidense.

Desde una perspectiva sociológica, el show de Bad Bunny evidencia cómo la cultura popular puede funcionar como espacio de disputa simbólica, donde se reescriben los límites de lo nacional, lo legítimo y lo visible. La identidad latina no aparece como “otra”, sino como constitutiva del presente estadounidense.

La presentación de Bad Bunny en el Super Bowl LX puede leerse como un manifiesto cultural en clave latinoamericana, donde cada imagen, cuerpo y sonido participa de una narrativa mayor sobre trabajo, migración, sacrificio y reconocimiento. A través de una cuidadosa construcción semiótica, el artista transformó el espectáculo de medio tiempo en un relato colectivo que interpela tanto a quienes se ven reflejados como a quienes, quizá por primera vez, fueron invitados a mirar.

Más que entretenimiento, fue un acto de reapropiación simbólica del escenario global, una afirmación de que la cultura latina no solo está presente, sino que también produce sentido, memoria y futuro.

Por Sofìa Olvera
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