Por Dr. Mauricio Lascurain
A inicios de septiembre de 2026, Nueva Delhi recibió a Xi Jinping con alfombra roja. Era su primera visita a India en siete años, y llegó con una delegación de cientos de personas para la cumbre de los BRICS. Modi y Xi se dieron la mano, hablaron de comercio y hasta prometieron buscar una salida “justa y razonable” a su vieja disputa de fronteras. Si uno solo se queda con esa foto, pensaría que India y China son socios. La realidad es más enredada.
India es hoy el país más poblado del planeta y una de las economías que más rápido crece. Su ubicación tampoco es cualquier cosa. Controla buena parte del océano Índico, la ruta por donde pasa gran parte del petróleo y las mercancías que mueven a Asia. Por tamaño y por geografía, ya no se le puede ignorar. Y eso choca de frente con las ambiciones de China, que se ve a sí misma como la potencia natural del continente y mira a India como una advenediza que no debería sentarse en su mesa.
El roce más visible está en el Himalaya. Desde los enfrentamientos de 2020 en el valle de Galwan, donde murieron soldados de los dos bandos, la frontera sigue militarizada. Este mismo año hubo nuevas acusaciones de que China avanzó sobre territorio en Arunachal Pradesh, un estado que Beijing reclama como suyo. Al mismo tiempo, los dos gobiernos llevan ya veinticinco rondas de negociaciones y acaban de instalar líneas militares directas para que ningún incidente se salga de control. Pelean y negocian a la vez.
Lo curioso es que quien los está empujando a acercarse es Donald Trump. Sus aranceles del 50% a India, como castigo por comprarle petróleo a Rusia, lograron algo que parecía difícil. Arrimaron a Nueva Delhi hacia Beijing y Moscú. Por eso la imagen de Modi, Xi y Putin juntos en la cumbre incomodó tanto en Washington. Durante años Estados Unidos apostó por India como el contrapeso perfecto frente a China, y de pronto su propia política comercial está aflojando ese plan.
Pero el abrazo no es lo que parece. India y China comercian como nunca, más de 150 mil millones de dólares el último año, solo que casi todo ese intercambio favorece a China. En Nueva Delhi lo saben y les pesa. Dependen de baterías y componentes chinos hasta para su transición energética. Un rival del que dependes no deja de ser un rival.
India no quiere ser el peón de nadie, ni de Washington ni de Beijing. Busca ser un tercero con voz propia, y para eso teje alianzas con Japón, con Australia, con quien le convenga, sin romper del todo con nadie. La rivalidad va a marcar las próximas décadas de Asia. Lo que aún no está escrito es si terminará en choque o en una convivencia tensa y calculada. Todo apunta a lo segundo, al menos mientras el comercio siga pesando más que las fronteras.
