Por Carlos Chávez

Xalapa, Ver.- El 11 de septiembre de 2001 no solo alteró el mapa geopolítico global; transformó radicalmente las diásporas. A partir de la caída de las Torres Gemelas, la doctrina de la seguridad nacional estadounidense sufrió un desplazamiento crítico: la movilidad humana dejó de administrarse bajo el prisma de la regulación laboral o humanitaria para ser absorbida de lleno por la lógica de la contención antiterrorista. En esa reconfiguración, la figura del migrante fue fusionada discursiva y legalmente con la amenaza externa, desencadenando una profunda criminalización de la migración no documentada.

Esta mutación no se limitó a la proliferación de muros de acero o al incremento de patrullajes en el desierto. Dio paso a la emergencia de lo que hoy conceptualizamos como la frontera digital. El espacio fronterizo se desterritorializó para encarnarse en los propios cuerpos de las personas migrantes. Mediante el despliegue masivo de tecnologías de vigilancia, extracción de datos biométricos (huellas dactilares, reconocimiento facial, escaneo de iris) y bases de datos interoperables, la frontera dejó de ser únicamente una línea geográfica para convertirse en un dispositivo panóptico en constante actualización. El cuerpo del migrante, codificado en ceros y unos, queda inscrito en una red de datos que lo precede, lo rastrea y lo criminaliza antes de que pisotee el suelo estadounidense.

Desde una perspectiva psicoanalítica, este afán por la captura total del cuerpo mediante la tecnología biométrica responde a un mecanismo de defensa frente a una herida narcisista inasimilable. El 11-S operó como un acontecimiento traumático que fracturó la fantasía estadounidense de inexpugnabilidad. Frente al colapso de la certeza de seguridad, la psique política y colectiva de Estados Unidos quedó habitada por un “fantasma”: la presencia latente, espectral e impredecible del “enemigo interno” o del “intruso” que puede traspasar los límites sin ser visto.

Como enseñó Jacques Lacan, aquello que se expulsa de lo simbólico retorna siempre en lo real. El trauma no tramitado del 11-S genera un imperativo de repetición: la paranoia institucionalizada. Ante la incapacidad de suturar el vacío que dejó la vivencia de vulnerabilidad, el Estado recurre no solo a “La Migra” ortodoxa, sino a la frontera digital como una tentativa de control omnipotente. La recolección compulsiva de datos biométricos no es solo una estrategia técnica de gestión migratoria; es una respuesta sintomática al terror de la invisibilidad del otro.

Al proyectar este fantasma sobre el flujo migratorio, el migrante asume el rol del contenedor del trauma. Es la pantalla sobre la cual el Estado proyecta su angustia de castración política. Así, la infraestructura biométrica se erige como una muralla fantasmática concebida para exorcizar el miedo a la penetración no deseada, convirtiendo el derecho a migrar en un delito y al cuerpo migrante en una amenaza cuantificable.

A más de dos décadas de aquel evento, la frontera digital nos demuestra que el 11 de septiembre no ha concluido. Vive en los algoritmos de control, en las bases de datos de seguridad y en el trauma no resuelto de una nación que, perseguida por sus propios fantasmas, ha decidido transformar la condición humana del tránsito en un sistema de sospecha infinita.

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