Por Pedro Chavarria
02 de marzo de 2026. Xalapa, Ver.- El título suena macabro, pero en realidad, se está intentando. Se ha trabajado con ratones, ratas y perros y hasta en humanos… muertos, es decir, se ha trasplantado la cabeza de un cadáver a otro. Más allá de la idea de Frankenstein, subyace una postura médica, todo lo discutible que se quiera. No sería la primera contra las leyes divinas, para una u otra religión. Veamos los sonados casos de “los niños de probeta”, o la fertilización in vitro. Alguna vez fueron motivo de escándalo y de rechazo. Hoy se aceptan. Claro que, en el caso de trasplantes de cabeza, o anastomosis cefalosomática, como se designa técnicamente, estamos justo en unos límites muy delicados y traspasarlos es motivo de gran controversia. De un modo u otro, se lleguen a aceptar o no, se les apliquen restricciones, o no, el asunto,
por el momento, no parece viable con las actuales técnicas médicas. El procedimiento quirúrgico, es decir, la parte manual del trabajo, ya se ha logrado. El trasplante entre dos cadáveres fue considerado exitoso, en lo que a reconexiones se refiere. No es un asunto menor, si tomamos en cuenta que deben reconectarse huesos de la columna vertebral, con sus tendones, músculos y ligamentos, así como el esófago y la tráquea. He dejado la reconexión vascular al último, porque este es un paso crítico, así como reconectar la médula espinal.
El cerebro requiere aporte continuo de sangre que le provea al menos dos factores esenciales: oxígeno y combustibles, para seguir funcionando. Como se trata de cadáveres, no hay prisa para restablecer la circulación, pues esta ha cesado ya, al momento en que
murieron las dos personas, que ahora como cadáveres, son sometidos a procedimientos quirúrgicos. Al cerebro le llega sangre por dos vías principales: la carotídea y la espinal; estos vasos deben reconectarse; en el caso de cadáveres solo importa la perfección de la
unión. La sangre regresa del cerebro por las venas yugulares, dos externas y dos profundas, que también deben reconectarse.
Supongamos que el cirujano vascular es muy hábil y logra la reconexión en un tiempo breve, mientras se mantiene irrigación sanguínea cerebral con una bomba externa, procedimiento factible actualmente. Ya reconectada la vasculatura del cerebro, este podría sobrevivir. Pero aún nos queda otro gran escollo: la reconexión de la médula espinal y los nervios, de modo que se restablezca la comunicación neural y la cabeza pudiera mover y controlar al nuevo cuerpo. Este es el punto avanzado que determinaría el “éxito” del procedimiento, pues aseguraría que las funciones motoras voluntarias, como mover extremidades de manera coordinada, y por ejemplo, comer y deglutir correctamente,
permitan la vida de relación, que no es asunto menor. Pero, quedan aún las funciones vegetativas o involuntarias, automáticas, que mantienen el ritmo respiratorio y de contracción cardíaca, así como el muy complicado control hormonal.
Si todo eso funcionara, que por ahora no tenemos experiencia real, pues las ratas y ratones que han sobrevivido al procedimiento quirúrgico han vivido solo unas 36 horas máximo. Pero, insisto: si se lograra la reconexión vascular y neural y hubiera comunicación efectiva
entre cuerpo y cabeza, básicamente el cuerpo de una persona y el cerebro de otra, nos queda otro gran escollo, anticipado, porque obviamente, no se ha enfrentado aún. Se prevé que habrá dolor crónico y esto sería un grave problema médico. Pero más allá de lo
estrictamente médico, tenemos dos o tres grandes desafíos, que solo podemos anticipar, pero una vez ante ellos, ya no hay marcha atrás y deberíamos asumirlos con todos los costos que se derivarían de semejantes e inéditos procedimientos, sobre todo si tomamos en cuenta que
una persona deberá vivir con ellos y no sabemos si podríamos ayudarla, ni podemos calcular, no digamos ya el dolor, para el que quizá tendríamos recursos, sino para el sufrimiento, que no es lo mismo. El dolor deriva de transmisión nerviosa y conocemos en cierta medida, cómo se transmiten las señales y podemos, con éxito relativo, interrumpirlas y mejorar la desagradable sensación y estado de ánimo, -el sufrimiento- que el dolor trae consigo. No tenemos idea de qué sufrir conlleve tener un “nuevo cuerpo”, ni sabemos si este se adapte al nuevo director.
Llegarían a ese cerebro mensajes de un cuerpo que no es el que estaba acostumbrado a dirigir. Si aún esto fuera exitoso y todos los órganos trabajarán armoniosamente bajo las órdenes del nuevo cerebro, aún nos quedan otros abismos que sortear. Ahora tendríamos a
un sujeto con dos dotaciones genéticas diferentes, y eso nos lleva a anticipar que el Sistema Inmune del cuerpo reconocería una miríada de moléculas realmente extrañas, por venir de otro cuerpo y no sabemos qué respuesta de reconocimiento y daño inmune podría
generarse. Sería un caso de cuerpo contra cabeza, algo nunca visto y difícil de imaginar. La personalidad conjunta rasgos psicológicos y físicos y en este caso, hemos encajado a un cerebro que manifestaba con una personalidad, un nuevo físico que quizá no embonara con
las maneras de pensar del “otro” cerebro, de modo que no podemos saber qué conflictos mentales supondría este híbrido. Una persona estima especialmente alguna parte de su cuerpo, así como puede rechazar otras. Y ahora, ya no están, y están otras nuevas. Algún
choque sobrevendrá de esta disparidad. Aunque una mano, o una pierna, o una estatura, o complexión, igual son funcionales, no son las mismas que aquellas con las q esa cabeza nació y desarrolló. Nuevo cuerpo, nuevas capacidades. Quizá se extrañarían desempeños
anteriores. Pensemos en una persona atlética que reciba un cuerpo no entrenado.
Como el asunto es muy complicado, todavía nos falta el aspecto ético, que he dejado para el final, pero de ningún modo es el menos importante. Para empezar: ¿tenemos derecho a este tipo de maniobras? Podría muy bien argumentarse que no son experimentos ociosos, pues existe una justificación médica. Y aquí reside el siguiente paso que los experimentadores quieren dar: trasplante de cabeza (¿o de cuerpo?), de una persona cuya estructura se ha deteriorado, para recibir un nuevo cuerpo, sano, o al menos, mejor que el que tenía. El donante sería alguien con muerte cerebral, digamos que tras un accidente fatal se ha dañado primordialmente la cabeza y se sabe que no se recuperará. Estas personas han sido donadoras de órganos, pero ahora serían donadoras del cuerpo entero. Asombroso. Pensemos en un paciente con cáncer avanzado, condenado a muerte por el poco éxito del tratamiento oncológico. Podría tener metástasis en varias partes, por ejemplo, en el hígado. Sus posibilidades de sobrevivir serían mínimas, por no decir que inexistentes. Ahora no solo tiene un nuevo hígado y se le ha extirpado el tumor primario, aunque en este caso, la extirpación del tumor primario y sus metástasis es tan radical, que se ha extirpado todo el cuerpo y le han dado uno nuevo, o al menos, no tan dañado como el suyo original. El donante muerto estaba. El receptor, condenado a muerte, estaba. Ya no suena tan macabro y empieza a tener sentido como maniobra médica, encaminada a suprimir el dolor y la enfermedad y prolongar la vida con calidad. Ya tiene sentido. Quedaría pendiente de resolver cómo controlar el nuevo cuerpo, tanto a nivel motor voluntario, como a nivel autonómico involuntario.
Ya estamos ante un nuevo horizonte, lo macabro acaba encajando en lo médico. Yo me pregunto, una vez más: ¿dónde pintar la raya? Si una persona puede vivir con el riñón de otra, ¿por qué no puede vivir con el cuerpo de otra? Se han intentado trasplantes, al menos
dobles: riñón y páncreas. ¿Dónde detenerse? ¿Solo dos, o tres, o… cuántos más simultáneamente? ¿Varios órganos, o el cuerpo entero? Claro que el impacto psicológico se antoja muy fuerte. Los familiares del donante solo tendrían la cabeza para enterrar y al ver al receptor, verían el cuerpo de su ser querido. Me disculpo si todo esto suena muy atroz, pero la disección del asunto, reclama un análisis -separación de partes-, detallado, a fin de entender todas sus implicaciones de la mejor manera posible. Los familiares del donante podrían entender que su ser querido, en parte, sigue viviendo y le ha salvado la vida a otra persona. Al fin, lo que más nos interesa de una persona, viene de
la cabeza, no solo su aspecto, sino las conductas y actitudes que se derivan del control del cuerpo, y que, en última instancia, vienen del cerebro. El cuerpo donado es ahora “otra persona” en realidad.
Está conectado y gobernado por otro cerebro, donde en buena medida reside lo que una persona es. Habrá que ver cómo se mueve y hasta se transforma el cuerpo, dirigido por otra voluntad y controles automáticos. Los deudos del fallecido donante entenderían que su ser querido murió, pero se convirtió en héroe y sigue dando vida a una persona que, de otro modo, también estaría muerta y ahora tiene una nueva
oportunidad. Quedan muchas cosas por averiguar, por ejemplo, un pianista que perdió su cuerpo, retiene la capacidad de entender la música, pero ¿ podrá tocar el piano con esas nuevas manos? ¿Y la memoria muscular? No sabemos qué interacciones se dieran entre las dos dotaciones genéticas: las de la cabeza y las del cuerpo. Sería una verdadera quimera, aunque hecha a partir de dos seres de la
misma especie, pero, de todos modos, el sobreviviente sería un híbrido, en grado mayor, pero no diferente de quien lleva y vive con un riñón con el que no nació. Híbridos, como aquellos que pueden generarse con más de dos progenitores, como he abordado en otro
artículo acerca de fertilización asistida. Híbrido, como quien lleva una prótesis, dental, ocular, auditiva o esquelética. Y no por eso los discriminamos, aunque se pueda pensar que los que tenemos una o más de estas prótesis somos cyborgs. ¿Dónde detenerse? El bastón,
modificado, puede ser incorporado a nuestro interior.
Obviamente, estamos especulando, porque el trasplante de cabezas, o cuerpos, mejor dicho, todavía no se ha dado, al menos no en vivos. Podrá haber quien apele a lo sagrado de la vida y lo inevitable del deterioro físico, del dolor y de la muerte. Pero entonces, pregunto:
¿dónde detenernos? ¿Hasta dónde debe llegar la medicina? Si bien se mira, los médicos vamos contra la naturaleza y la evolución; nuestro papel es prevenir, detener o reparar el deterioro, lo cual, inevitablemente lleva a postergar la muerte. Y sí: los médicos nos
oponemos a la muerte. ¿Eso va contra un Plan Sagrado? Insisto en que, en los problemas éticos, en especial, bioéticos, no es nada fácil pintar una raya y trazar así, límites. Si tenemos el conocimiento -siempre limitado- y los recursos y, además, se respeta la autonomía
individual y se busca un beneficio y evitar el daño en la medida de lo posible, ¿dónde detenernos? ¿Jugar a ser Dios? Los médicos hacemos cosas que podrían catalogarse así por visiones distorsionadas. Los médicos, rotundamente rechazamos la pretensión de jugar a ser El Todopoderoso.
Los científicos y los médicos tratamos de aprovechar el conocimiento y las invenciones a fin de aliviar al que sufre, aunque a veces el costo puede ser alto o inaceptable, como en aquellos casos de encarnizamiento terapéutico, cuando se sabe que no hay salida. Pero aquí
también caben, por ejemplo, los amputados. A veces la cura viene acompañada de otros sufrimientos, como el extremo hipotético de recibir un nuevo cuerpo completo; lo que en mecánica automotriz se conoce como cambiar 7/8 de un motor, algo se queda -la cabeza- y
algo se cambia – los 7/8 del cuerpo sin la cabeza-. ¿Qué parte cobra nueva vida: la cabeza, con el nuevo cuerpo, o el cuerpo, con una nueva cabeza? ¿Quién es quién? Dos vidas en un solo individuo.
