Por Pedro Chavarría. 

26 de enero de 2026. Xalapa, Ver.- Pipo fue el hijo de Goro y Cúchula. Nació unos años después de que regresara a Xalapa, tras la estancia de siete años en el D.F. Al principio vivíamos en un departamento, por lo que no me animé a tener un perro, pero para esa época ya vivíamos en una casa, cerca de Los Berros y ya era factible tener una mascota, aunque ya se anticipaba que sería muy grande. Los padres eran fila brasileiros; Goro pesaba nada más 73kg, aunque el veterinario recomendó que a Pipo, lo mantuviéramos delgado y calculó la cantidad y tipo de croquetas que debía comer.

Pipo fue creciendo en la casa y se apoderó de una mecedora; ahí le gustaba dormitar mientras nos acompañaba. Poco a poco la mecedora se fue encogiendo y cada vez le costaba más trabajo acomodarse, hasta que ya no cupo. Supongo que no entendía qué pasaba con su mecedora, que se iba encogiendo. Cuando se hizo ya muy grande, llegó a pesar poco más de 50kg y un tiempo lo tuvimos confinado en un patio muy pequeño para él, pero, poco después nos pasamos a la casa que hoy ocupamos y ya tuvo un espacio más amplio.

Al terminar la mudanza, le tocó su turno a Pipo. Tuve que cargarlo para subir una escalera de caracol, porque no pude convencerlo de que subiera por su propio pie; era de metal y no le dio mucha confianza que digamos. Luego, me costó trabajo convencerlo de que se subiera a la batea de la camioneta. Le subí las manos y ahí se quedó, petrificado, sin entender de qué se trataba ese juego. Una vez más, lo tuve que cargar y luego, a través de la ventanilla trasera de la pick up, lo fui sosteniendo con su correa y manejé muy despacio.

Para cuando llegamos, el patio aún no estaba habilitado, quedaban escombros, clavos y trozos de varillas. En los días siguientes quedó el cercado que impediría que se escapara. Al principio, pusimos pasto, pero poco le duró. Era su gusto encarrerarse desde el fondo, hasta la reja del frente y frenar derrapándose. En cuestión de una semana, o poco más, el pasto se convirtió en lodazal, así que tuvimos que poner cemento. Le construimos una casa de ladrillo, con su techo de madera de dos aguas, forrado con una lona impermeable por el exterior, pero decidió apoderarse de un cuartito que usábamos como bodega y muy pocas veces hacía uso de su residencia. Al final, la demolimos. Los perros tienen sus propias ideas.

No podíamos dejar que Pipo saliera solo porque era un peligro para él y para los vecinos, así que lo sacaba yo a pasear con correa. Debido a su tamaño y corpulencia, arrastraba a cualquiera no habituado a los fuertes jaloneos que imprimía a veces. Incluso, le contratamos un entrenador que lo enseñara a caminar con correa. Algo aprendió, pero era muy entusiasta, se interesaba por algo y tiraba con mucha fuerza para ir a investigar aquello que le motivaba. En una ocasión salimos mi hija y yo, con el perro, apenas aquí cerca, a buscar unas llantas. Se lo encargué un momento a Lety, para que el perro no entrara al negocio. Todavía no llegaba yo a la entrada cuando volteé a verlos y ya estaba Lety tirada en la banqueta, de largo a largo, tratando de contener al perro, que quería seguirme. Ya se imaginarán el disgusto de la niña revolcada en la banqueta por su mascota.

Después de eso, ya solo yo podía sacarlo. Tuvimos otro penoso incidente con uno de nuestros apreciables vecinos que estaba podando sus setos. El Pïpo, estaba amarrado a un árbol, sujetado por el collar, importado, que el veterinario recomendó. Nos dijo que ese era el necesario para un perro tan fuerte.  Me apena reconocer que era muy agresivo con las personas, fuera de la familia. Otros perrillos más chicos hasta lo mordían, sin que reaccionara. Aunque otros perros le ladaran furiosamente al paso, no hacía el menor caso, pero con las personas era diferente. Mientras fuera la familia, o yo lo llevara con la correa, era muy tranquilo.

Pues ese día, amarrado como estaba del árbol, se esforzó tanto ladrándole a nuestro querido vecino, que rompió el collar y se lanzó contra él. Afortunadamente solo le ladró, eso sí, muy agresivo; en cuanto vio que corríamos a capturarlo, decidió escapar y tuvimos que alcanzarlo tras muchos esfuerzos. Le gustaba mucho jugar “a que no me agarras” y a pesar de ser grande y pesado, era muy ágil para esquivar a quien pretendiera atraparlo. Ya nunca lo soltaba, porque no se dejaba sujetar, una vez libre.

Como pensé que necesitaba más espacio para caminar y hasta correr a su gusto, compré una cuerda de plástico gruesa y muy larga, como de unos cinco metros, y con esa lo sacaba a pasear. Se sentía libre, aunque en realidad no lo estaba. Caminaba por donde quería, a su ritmo y guiado por sus intereses olfativos. Para no llevarlo con la mano, me pasaba la cuerda por la cintura y lo dejaba hacer, sin ponerle mucha atención, hasta que un día me dio una desagradable sorpresa. Sin que me diera cuenta, se pasó por atrás de mí y repentinamente me dio un tirón tremendo y poco faltó para que me tirara, e modo que ya no le hice tanta  confianza.

Alguna vez, caminando en la noche, apareció otro de nuestros estimados vecinos y el perro se lanzó contra él, lo que me obligó a correr en sentido contrario, para acortarle la cuerda libre. Lo controlé a tiempo, pero, de todos modos, no fue nada agradable para ninguno de los dos humanos involucrados en el trance. El perro, seguro que sí lo disfrutó. Desde entonces, decidí vigilarlo más y cuando salíamos a un parque público, lo llevaba con la correa muy corta, pues a veces tenía actitudes extrañas. Recuerdo un día, bajando hacia Los Berros, que pasó un chiquillo chancleteando ruidosamente y Pipo se volteó muy fiero, ladrándole, pero como lo llevaba muy corto, no pasó nada.

Era un animal muy noble con nosotros, pero muy tosco, con solo mover la cola, tiraba cualquier cosa que estuviera a su altura. Si andabas en chanclas y te pisaba, lastimaba, por eso casi nunca entraba a la casa. Una vez, unas amigas de Martha vinieron a visitarla y a ella se le hizo fácil pasarlo de un lugar a otro, pero se le escapó, entró a la casa y se fue contra sus amigas, más en son de juego, que de agresión, pero no está uno para saber bien a bien si es juego o agresión. Una de sus amigas, aterrada, se subió a la mesa del comedor y con la cabeza, rompió una lámpara. El perro estaba muy divertido dando vueltas alrededor de la mesa, sin hacer por alcanzarla ni prestarle atención a quienes no corrieron.

Es sabido que muchos animales de presa activan su instinto de cacería si ven correr a un objetivo, presa o no. Eso dicen de los osos y otras fieras. Pues, Pipo era así. Muchos años atrás, cuando Pedro estaba muy chico, se asustó con Kiko y quiso correr para poner distancia del boxer, pero este fácilmente lo alcanzó y lo único que hizo fue darle un trompazo. Al duelo fue a dar Pedro, raspado y hasta con gravilla en la boca. El perro estaba jugando, pero no midió su fuerza, ni el precario equilibrio de quien corría, a pesar de que le gritábamos que no lo hiciera. Un niño de cuatro años no entiende bien, y menos si se siente en peligro.

Pïpo tuvo dos enlaces románticos con la misma pareja en dos ocasiones distintas. La novia vino a visitarlo, pues no queríamos que sucediera algo lamentable al verse con personas extrañas para él. Tuvo descendencia, pero cedimos todos los cachorros al dueño de la mamá. Fuera de eso, dedicaba su tiempo y energías a ladrarle a todo el que pasara cerca de la reja que lo contenía. Cuando tenía unos siete años, desarrolló  un tumor entre el cuello y el lomo. Se lo extirparon y hubo que analizarlo. Martha y yo somos patólogos, y a eso nos dedicamos, pero no teníamos experiencia en patología veterinaria. Resultó algo que en humanos es rarísimo, pero al parecer, en perros, no. Desafortunadamente, el tumor recidivó y tuvo que ser operado nuevamente, esta vez con una herida más grande.

Todo iba bien, pero al llegar la noche ya no o vigilamos y Pipo se dedicó todo el tiempo a tallarse la sutura en el muro, d modo que se la abrió y dejó todo manchado de sangre. Hubo que suturarlo nuevamente, pero, poco después, tuvo una complicación. Al parecer, estos perros muy grandes son muy delicados en sus órganos internos y tras comer, o tomar mucha agua, deben guardar algo de reposo, pues tienden a sufrir una torcedura interna del estómago e intestinos, lo que en humanos pasa en niños y se denomina vólvulo. Una mañana, el perro no salió de su casa, estaba echado, jadeante y muy distendido del abdomen. Se veía muy enfermo. 

Como pudimos, lo pusimos sobre una sábana y lo subimos a la camioneta, en el asiento trasero. Esa vez estaba tan enfermo que aceptó que un sobrino, al que normalmente no toleraba, nos ayudara a cargarlo. Volteó a verlo y no hizo ningún intento de reaccionar. Cuando salíamos de viaje, Alfonso venía a darle de comer, pero solo podía pasarle su plato por debajo de la reja, empujando con el pie. Ese día no tuvo fuerzas para protestar.

Lo llevamos a un hospital veterinario y lo operaron, pero tuvieron que extirparle un segmento largo de intestino, que ya se había necrosado. Al torcerse el intestino, los vasos sanguíneos que lo irrigan, también se tuercen, se ocluyen y al dejar de llegar sangre, el intestino se necrosa. Salió de la cirugía y quedó hospitalizado. Lo fui a ver al otro día; a través de la reja pude hablarle y tocarlo. Apenas pudo voltear a verme, me reconoció, pero no pudo más que seguir acotado. Murió esa tarde. Al otro día fui por sus cenizas y pasó a reposar en el cementerio veterinarioque mi madre instauró en la huerta.

Los perros grandes viven menos que los chicos. Pipo nos duró como siete años. Yo, al igual que toda la familia, lo sentimos mucho, sobre todo, Lety, que se vino desde Monterrey para cuidarlo, con la firme intención de dormir con él para que se recuperara. Al llegar a Xalapa, tuve que darle la ala noticia. Lloró mucho.  Yo me siento tranquilo porque jugué y paseé mucho con él. Poco antes de morir lo fui a ver y él lo supo. Tenía dos juegos favoritos: que le diéramos una botella de refresco, de plástico, correr a alcanzarla, masticarla y traerla de vuelta, para que se la lanzara yo nuevamente. La dejaba irreconocible.

El otro juego favorito consistía en que le diera una jerga, doblada en varias partes, la mordía y zarandeaba con todas sus fuerzas, tratando de arrebatármela. Era realmente muy fuerte y tenía un cuello portentoso: rompió el collar y tironeaba la jerga como si estuviera luchando con una fiera. Los dos acabábamos muy cansados. En una ocasión, al morder la jerga, me mordió un dedo, involuntariamente, y me dejó marcado el colmillo. Le enseñé lo que me había hecho y lo regañé. Por toda respuesta, me dio una lamidita, como diciendo “Ya. Ni te pasó nada. ¡No seas chillón! Sigamos jugando”.

Siento que, aunque su vida fue corta, lo hicimos feliz y él nos hizo muy felices. Una vez más, quedamos muy afectados y decidimos no traer otra mascota… sin embargo… Pero esa es otra historia.

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